Llama la atención una fórmula que Comte-Sponville ha puesto de moda y que se repite como eco disonante en muchos lados: “Arrepentirse un poco menos, esperar un poco menos, amar un poco más”.
Si aplicamos esta fórmula para hacerle frente a la caída colectiva que vivimos, francamente, con el primer consejo jamás me quedaría. Pienso que aquí tenemos que arrepentirnos un poco más por todo aquello que hemos dejado de hacer y también por lo que hemos permitido que ocurra. Por permitir que nos mientan tan descaradamente. Y no es que seamos los culpables de tanta oscuridad, no, pero dejar de hacer, también es hacer.
Ahora bien, hay una larga cola formada por quienes deberían remorderse bastante más su oxidada conciencia y arrepentirse hasta las cachas: los oportunistas, los que adrede debilitan la institucionalidad, los que acarrean para sus bolsillos con ambición desmesurada, los que no se inmutan ante el dolor ajeno, los que callan, los que roban a salud y a educación, los que violan, los que explotan, los que discriminan, los que venden su patria (sus reservas, sus suelos, sus ríos), los infelices racistas, en pocas palabras, los que han hundido nuestra historia en un caos abismal.
Con el segundo consejo tampoco me quedaría así nomás. Es más, para la transformación de las circunstancias nacionales, que es lo que todos deseamos, tenemos que esperar más, exigir más, demandar más. Gritar más. Tapar las infelices cascadas de la corrupción, las ínfulas obsesivas por el poder y la demencia política. Un ejemplo: ¿Qué ocurre cuando la inmediatez socava el largo plazo? Es lógico que la ciudadanía no se oponga a la implementación de programas “solidarios” inmediatos, porque resuelven el hoy y…, pues “algo es algo”. Pero el problema es más complejo: cuando esa dizque “solidaridad”, que aquí es caridad conveniente, socava el proyecto de largo plazo. Y es que siempre paramos empeñando el futuro: basta con ver cómo se transfieren las ya enclenques arcas a programas de inmediatez electoral. Desde ya vemos noticias con imágenes incluidas, que delatan el clientelismo. Repartiendo bolsas de comida y regalos y rifas y shows de edecanes. Y hasta desafortunadas canciones emborrachadas. Haciendo de la política un gran manto engañoso de caridad, de parches sin destino. Ahora, ¿qué ocurre cuando para la mayoría, comer impide aprender con calidad o sanar? Cuando…, hay que escoger. Estamos ante la cruel disyuntiva de: o comen, o aprenden, o se curan, porque para los pobres “no alcanza” para todo. ¡Usted escoja su carta en este juego perverso! Pues la idea de una democracia activa está en que todos se alimenten, se preparen bien y vivan sanos. Eso es ser más ciudadanos y menos víctimas, más personas y menos sobrevivientes.
El tercer consejo sí lo dejaría completito. Por mi parte le agregaría: “hasta la locura”.
Con mucho respeto al filósofo francés, adaptaría la tañida fórmula a nuestras circunstancias: arrepentirse mucho más, esperar mucho más y amar hasta que reviente el corazón. ¡Boom!