Me topé con un libro titulado Por favor, sea breve (Antología de relatos hiperbreves).
En el prólogo, la editora del libro, Clara Obligado, arranca diciendo: “Pulidos como una sentencia, como una piedra devuelta por el mar, los relatos mínimos se asemejan a la fotografía, al haiku, al poema. Aunque parecen sencillos de escribir, su minúscula composición exige pericia, ingenio, un oficio impecable, economía, máxima tensión”.
Este texto, y otro, titulado Los cuentos más breves del mundo (De Esopo a Kafka), editado por Eduardo Berti, fueron regalos que alguien me dio cuando iniciaba en mi oficio de columnista.
O sea, alguien caritativo quiso instruirme indirectamente en temas de fondo y forma, tomando en cuenta el espacio disponible donde ahora mismo usted lee esto (si es que alguien lo lee, por supuesto).
Busqué estos libros y me los encontré como una forma de escape de la realidad. Para dejar por un lado una columna de contenido contextual.
Y acá les dejo tres relatos breves para que se entretengan un poco y se olviden de nuestras tragedias nacionales (provocadas por la naturaleza y por “el hombre”).
Irán del “breve” al “brevísimo”.
1. Todo lo contrario (Mario Benedetti):
—Veamos —dijo el profesor—. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de in? —Out —respondió prestamente un alumno—. No es obligatorio pensar en inglés. En español, lo contrario de in (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba. —Sí, ya sé: insensato y sensato; indócil y dócil, ¿no?
—Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano. —No se burle profesor—. Vamos a ver. ¿Sería capaz de formar frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo in, no confirman la ortodoxia gramatical? —Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió dulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo, en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento”.
—Sulso pero pecable —admitió sin euforia el profesor.
2. La oveja negra (Augusto Monterroso, infaltable por supuesto):
En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
3. Este tipo es una mina (Luisa Valenzuela):
No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
FIN