La crisis universitaria y las dificultades de un diálogo honesto

En un ambiente tan conflictivo como el de nuestro país se suele ver con profunda desconfianza cualquier llamada al diálogo. Tal expectativa es fatal para la resolución genuina de conflictos. Sin embargo, tal actitud surge de la experiencia de que el diálogo se ha utilizado como un recurso estratégico para ganar tiempo y desesperar a los sectores subyugados.

Ahora bien, el diálogo tiene una racionalidad propia; en su sentido profundo es una expresión de la racionalidad comunicativa —aspecto teorizado por el filósofo alemán Jürgen Habermas—. Reflexionar sobre la naturaleza de una verdadera comunicación es primordial antes de embarcarse en un diálogo genuino. La ética del diálogo requiere competencias que no siempre se ejercitan por parte de los sectores de poder. 

Tal insuficiencia vuelve a aparecer ahora que se menciona el diálogo para salir de la crisis provocada por el fraude electoral en la elección de rector. Un verdadero diálogo debe orientarse al entendimiento mutuo. Esta tarea supone la posibilidad de conseguir acuerdos basados en argumentos que apelan a intereses generalizables que, por lo general, se basan en valores compartidos. En este caso, el interés generalizable es el bien común de la Universidad.

Un diálogo siempre presupone un contexto que no se puede ignorar. Así, cuando las supuestas autoridades de la Usac han querido actuar como si no hubiese pasado nada, se ignora la incertidumbre que debilita a los sectores afectados —en especial, la frustración de las esperanzas estudiantiles y la precaria situación laboral de profesores y trabajadores—. Ignorar estos hechos y culpar a los que protestan por el paro universitario rezuma cinismo. 

El diálogo en la Usac es diferente puesto que esta es una comunidad comprometida con los valores del conocimiento. En muchos de los miembros de la universidad nacional persiste un entusiasmo por la verdad y la justicia social. No se puede proponer un diálogo para maquillar un fraude tan burdo porque esto implica una mutilación del sentido del ser universitario. La dignidad universitaria supone un sentido crítico que no teme hablarse al poder.

Se sigue de lo dicho que la comunidad sancarlista no debe ceder en llamados a un diálogo que no cumple con las condiciones éticas de un auténtico esfuerzo conjunto para resolver una problemática común. La única base para un diálogo es la anulación del proceso electoral universitario y la depuración del Consejo Superior Universitario.

Si no se logran estos objetivos el camino es el de la resistencia. Aquí el tiempo puede jugar a favor de los que resisten dentro de la Usac. Todo apunta a una pérdida gradual del poder del Pacto de Corruptos. Giammattei ha agotado sus fuerzas de manera tan acelerada que solo cabe el fracaso final de sus intentos. Sus maniobras anticipan un desenlace sombrío para él y los que lo apoyan. 

Si esta anticipación es correcta, Wálter Mazariegos puede perder el apoyo que lo fortalece. Por esta razón es imperativo impedir que se consolide este fraude, porque entonces la universidad se convertirá en parte del botín a disputar en las próximas elecciones. Esta posibilidad sería fatal para la Usac. 

El único diálogo posible debe surgir de la anulación del proceso electoral. No hay condiciones mínimas para resolver el problema de manera conjunta con autoridades que han arribado de manera ilegítima. Por esto no debe pedirse que solo se corrija el rumbo con respecto a alguna escuela en particular. La Usac debe defenderse de manera solidaria.

En última instancia, el futuro del país se juega dentro de la actual coyuntura universitaria. Debemos apuntalar con energía el reducto de la dignidad universitaria porque en ella se juega el futuro de la nación. El destino del país merece tal esfuerzo por parte de la comunidad sancarlista. 

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Author: Maria Suarez