La diáspora de la memoria

Desde hace tiempo sigo en redes sociales varias páginas enfocadas en historia y arte maya. Provienen de distintos orígenes, tanto académicos como aficionados, así como de diversas partes de la región mesoamericana. De la información que muestran, mucha de ella de gran valor didáctico, siempre me llama la atención cómo muchas imágenes provienen de los catálogos de entidades lejanas. 

Además, a cada tanto pueden verse piezas que nos son familiares, reconocibles en esencia, en subastas y colecciones privadas de todas partes del mundo. Tratados como joyas, como objetos de gran valor monetario, los bienes culturales prehispánicos y coloniales de Guatemala son viajeros comunes en muchas latitudes. 

No debería ser así, por supuesto. Si algo nos ha enseñado la teoría de la gestión de patrimonio es que para que un bien conserve todas sus facetas (tanto las tangibles como las intangibles) es necesario que se mantenga en su lugar de origen. Dentro de los pilares que apuntalan el significado de un objeto, el valor comunitario —el que solo las personas pueden dar— es quizá el más importante de todos. Más allá del refinamiento estético o la calidad de los materiales con los que fue elaborado, la esencia de un bien cultural radica en su capacidad de ser vehículo de la memoria de una comunidad que se identifica con él, que se ve representada en él y que lo considera parte fundamental de su propio sistema cultural. 

Cuánto daño nos han hecho el saqueo y la debilidad estatal para la protección del patrimonio. La máscara de Río Azul, las pinturas de Tomás de Merlo y quién sabe cuántas piezas mayas y coloniales más han salido del país bajo la sombra del expolio. En cierta forma, es una diáspora que lleva consigo la historia nacional y la sumerge en una itinerancia forzada. 

Ya sea que vuelvan algún día o no, lo importante es reafirmar que, donde sea que el viaje las ubique, aquí no las olvidamos. 

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez