María Elena Schlesinger
Sor Cecilia nunca perdió su ondulante acento francés y cuando se daba la ocasión, le gustaba paladear el lenguaje de su infancia.
Fue hermana de la Caridad de San Vicente de Paúl de la Casa Central, y salía, a mediados del siglo pasado, a recorrer las calles del Centro, tocando las puertas de las casas y negocios, solicitando ayuda económica cuando el bote del dinero amanecía vacío en los anaqueles de su cocina.
Vestía un hábito azul gastado por el tiempo, un rosario de pepitas enormes en el cinto, y llevaba puesta en la cabeza una cofia blanca muy bien enyuquillada, la que al caminar asemejaba palomas en vuelo.
Sor Cecilia Charrin atravesó el Océano Atlántico hasta llegar a Guatemala en 1930, y se dedicó, hasta el día de su muerte, el 13 de julio de 1973, a cuidar a los más desamparados de su nueva patria, Guatemala, fundando escuelas, comedores y guarderías. Dando, con el ejemplo, testimonio de su amor a Dios y al prójimo
Quienes la recuerdan, la describen como un ser humano excepcional, de carácter dulce pero sumamente determinante. Capaz de afrontar las vicisitudes de la vida con el trabajo tesonero, la caridad y la ayuda de Dios.
De baja estatura, humildad en su actuar y mirada compasiva, Sor Cecilia era conocida por los vecinos del Centro por su tenacidad e insistencia para convencer a quienes visitaba con frecuencia solicitando dinero para “los pobres desvalidos de este mundo”.
Llegaba al mercado con varios canastos vacíos, que iba llenando milagrosamente con vegetales, granos y frutas, contribución de los vendedores y marchantes del mercado, así como abundaban los repollos, zanahorias, papas, güicoyes, apio y acelga. Sor Cecilia preparaba espesos potajes al estilo francés, los que servía hirviendo y con pan a los indigentes y hambrientos de la ciudad en comedores muy dignos.
En una ocasión, Sor Cecilia entró en un almacén de telas de la zona 1 a pedir la limosna para sus pobres. El dueño se negó a dársela y la sacó a empujones del almacén, escupiéndole el rostro. Sor Cecilia se puso de pie, se sacudió el hábito raído y volvió a entrar: “Eso fue para mí, pero para mis pobres, ¿qué me da?”.
Las travesías de Sor Cecilia por las calles y avenidas del Centro fueron el camino de su santidad.