Somos tantos

La población de Guatemala se desbordó, porque nos multiplicamos como en la parábola de los panes y los peces, porque no supimos medirnos creyendo que cada niño viene con su pan bajo el brazo, y nos reprodujimos al gusto, dándole un estirón exponencial al país que no advierten quienes apenas empiezan y todo lo que ven es la realidad actual. 

Se cuenta que el primer censo nacional en 1778 detectó que éramos 396 mil personas en todo el territorio nacional, equivalente a la población actual de Belice, y una décima parte de lo que significa el departamento de Guatemala, que concentra una población similar a la de toda Costa Rica, o a la de Panamá. Es decir, la urbe capitalina es gigantesca, donde hay de todo, y está llena de retos como todas las ciudades grandes del mundo. 

El crecimiento ha sido imparable, para 1880 registrábamos 1.2 millones de habitantes, y para los días del final del periodo dictatorial de Manuel Estrada Cabrera alcanzamos la cifra de 2 millones. En los tiempos de la Revolución guatemalteca, el censo de 1950 marcó 2.8 millones de habitantes, y en los años setenta, cuando estábamos envueltos en la guerra interna, sumábamos 5.1 millones, y en los días previos a la firma de la paz, en 1994 la proyección fue 8.3 millones, y de allí para acá el crecimiento imparable prácticamente duplicó la medida, lo que convirtió a Guatemala en un volcán de consumidores, que comen, visten, estudian y tienen necesidades y exigencias crecientes, por lo que se desarrolló la industria, el comercio, la oferta educativa y el país produce e importa lo necesario para satisfacer la demanda de una inmensa cantidad de bocas y cuerpos.

La nueva configuración de nuestro país es relativa a cuántos somos, no se puede esperar soluciones del pasado. La capital guatemalteca es la ciudad más grande entre México y Bogotá, una metrópoli que se aprecia más cuando se vuelve de viaje, porque al ingresar al país se disfruta la diferencia, porque es una bella ciudad verde, llena de árboles, limpia y activa, y todavía le queda algo de ese sabor campechano de las ciudades pequeñas, pero los edificios que se levantan por todos lados muestran otra realidad, y la prosperidad se hace notoria. Hay como en todas las urbes del mundo puntos de contraste, contradicciones y necesidades, pero lo admirable es que a pesar de la estrechez económica la ciudad es modelo para la región y ciudades del interior, símbolo de pujanza. 

Somos un país pequeño densamente poblado, donde es la gente el motivo de todo, y por eso es una lástima que en política estemos tan dispersos y no se logre afianzar un sentido mayoritario nacional que acabe con las sociedades limitadas y nos conduzca a actuar como gran país. 

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Author: Maria Suarez