Así como 2020 será recordado como el año de la pandemia, muy probablemente 2022 será recordado como el año del reavivamiento de los conflictos entre las superpotencias mundiales. Aunque es muy pronto para decir algo al respecto, por el bien de las poblaciones de los países en conflicto y de la humanidad, hay que apostar porque la reciente visita de Pelosi a Taiwán no haya puesto en marcha la cuenta regresiva para un eventual choque entre EE. UU. y China, el cual no tiene que llegar a las armas para convertirse en una nueva razón de preocupación para el resto del mundo. Bastaría la imposición de sanciones económicas entre ambos países para poner de nuevo de cabeza a las cadenas globales de suministros y provocar contratiempos significativos en importantes mercados globales. No se diga si las tensiones escalan todavía más y se perturba el normal tránsito marítimo en aquella región del mundo o si China establece algún tipo de bloqueo naval sobre Taiwán. Esto, sin entrar a considerar los efectos que podría tener sobre la economía china y mundial la imposición de sanciones económicas por parte de EE. UU.
Antes de la referida visita de la lideresa política estadounidense a Taiwán, el mundo se encontraba ya digiriendo el trago amargo de las consecuencias de la invasión rusa a Ucrania. Episodio que, por lo que parece, tomará más tiempo del esperado antes que esa parte del planeta pueda gozar nuevamente de un ambiente de paz y normalización en sus relaciones económicas en el mundo. Por si los efectos de esta crisis no hubieran sido suficientemente negativos para la recuperación económica mundial pospandemia, ahora se escuchan tambores de guerra provenientes del Lejano Oriente. A mediano plazo, es previsible que la relación entre China y EE. UU. se vuelva más tensa y eso traiga consigo un gradual y sostenido desacoplamiento de ambas economías; situación que desataría desafíos adicionales para el funcionamiento de la economía global, en tanto llega el mediano y el largo plazo, en el cual todos podríamos estar muertos, como dijera un célebre economista. Si esta situación termina en un conflicto bélico, lo único cierto es que las recientes tensiones geopolíticas y la incertidumbre reinantes a nivel global amenazan seriamente la recuperación económica mundial. Lo que menos conviene es añadir más fuentes de incertidumbre a esta situación; suficiente tiene la economía nacional haciendo frente a los desafíos globales como para tener que enfrentar temores y amenazas adicionales de origen interno.