En encuesta realizada por CID Gallup sobre la importancia de la democracia, se “refleja una pérdida de esperanza hacia la democracia con El Salvador, Nicaragua y Guatemala, donde los entrevistados mencionan que les da lo mismo un régimen democrático a uno autoritario”.
En esa encuesta se llamó a 1200 celulares en cada uno de 12 países latinoamericanos, efectuada entre el 10 y 19 de mayo pasado, resultando que en Guatemala solo el 36 por ciento considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, mientras en Costa Rica es el 71 por ciento. En lo publicado resulta extraño, por no conocer las interioridades metodológicas y la verdadera realidad interna del país, que en Venezuela el 63 por ciento crea que la democracia es preferible a otra forma de gobierno, quizás reflejando lo que se anhela, pero no se tiene.
En publicación de un medio de comunicación digital se extrapola el resultado mencionado, aseverando que los ciudadanos guatemaltecos no ven a la democracia como la mejor forma de gobierno, lo que es debatible. Lo que sucede es que después de 36 años de enfrentamiento armado interno que dejó destrucción y miles de muertos, heridos y desplazados, se logró la paz y muchos imaginaron que los gobernantes de la era democrática traerían prosperidad y bienestar para todos.
Habiendo desfilado por la silla presidencial gobernantes de diversos talantes, partidos, colores y sabores, pareciera que da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario, porque no se ha percibido la prosperidad y el progreso que muchos se habían imaginado, a partir de la Constitución democrática y republicana vigente.
Lo que se nos olvida es que durante el enfrentamiento armado interno prevaleció el autoritarismo, no vivimos una auténtica democracia ni se fortaleció la institucionalidad, dado que todo estaba supeditado a los intereses de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, pero muy caliente en Guatemala y Centroamérica en donde se producía destrucción y muerte.
En el informe 2021 de Latinobarómetro, se expresa que “ningún pueblo de la región está contento con la manera como funciona la democracia en su país. A más de 30 años de las transiciones, las democracias se han consolidado en grados crecientes de imperfección con Estados anquilosados. La pandemia ha desnudado el poder, dejándolo sin máscara para esconderse… los populismos y las autocracias sustituirán las decadentes democracias si las élites no mejoran su oferta”.
A menos de un año del proceso electoral guatemalteco, es inquietante que el sentir popular pueda llegar a ser que, entre democracia y autoritarismo, los regímenes autoritarios puedan otorgar las oportunidades y los satisfactores sociales, bienes y servicios públicos que los regímenes democráticos no han sido capaces de brindar. Quizás por medio de una democracia dirigida o una dictadura ilustrada.