No se repetirá un 2015. Y quizás no nos convenga, porque pareciera que las manifestaciones masivas, pacíficas y mediáticas solo nos consiguieron —irónicamente— lo que vivimos hoy: un ambiente de polarización extrema, un ejercicio de dictadura que comienza a sentirse cómoda y a aplicar el manual del tirano, y una sociedad que le huye al debate, a no ser que sea a través de burbujas digitales —que poco aseguran la discusión nutritiva— y máscaras anónimas.
Por el exilio de algunos, la persecución de otros y el silencio de varios, hay quienes han invocado a un nuevo 2015 —vestido de santo y salvador— para curarnos de nuestros males. Pero 2015 no llegará. Primero, porque ya fue. Segundo, por las dolorosas heridas que nos dejó y que sufrimos hoy como sociedad: el sentimiento de estafa y la polarización extrema. Vamos a ello.
“El pueblo se siente estafado”, me dijo muy segura una conductora de Uber en Jocotenango, y razón le sobra. En 2015 rompimos esa apatía, salimos de la zona de confort —o del silencio cobarde— y tanto jóvenes como viejos, de zonas urbanas como rurales, de ideologías y creencias diversas, inundamos las calles y plazas con solicitudes puntuales y generales, compartidas por la mayoría de la población. ¡Y se hizo sin choque sangriento! “¿Pero para qué?”, cuestiona la conductora, “¿Para lo que tenemos hoy? No muchas gracias”. Ante tales resultados, el sentimiento de estafa es potente y la gente no volverá a prestar su tiempo y cuerpo para marchar si el resultado será el mismo. ¿Suena lógico no? ¿Volvería usted a salir a las calles a manifestar por diez sábados consecutivos si le digo que el resultado será la Guatemala de hoy? O quizás el error es que hemos puesto al 2015 en un altar demasiado alto y poco realista de lo que realmente fue. Hemos caído en esa narrativa populista, de que una manifestación, una acción, una institución, un candidato, un año arreglará todos los males sistemáticos. La realidad nos ha demostrado, con sobra de ejemplos, que ese sueño es perverso e ignorante.
La polarización extrema ha sido otro de los efectos que también surgieron en parte gracias a 2015. Hemos llegado a niveles tóxicos de polarización. La extrema derecha conquista mentes, la izquierda radical conquista corazones, ambos aprendiendo de sus mentores europeos y sudamericanos. Y así, se estira tanto el debate que los que estamos al centro, somos los más propensos a salir reventados, lastimados y silenciados, porque la fuerza pareciera salir de los extremos. Hoy tenemos una colección de palabras prohibidas y temas ácidos que es mejor no mencionar si queremos mantener la fiesta “en paz”.
Además del sentimiento de estafa y la polarización, hay más heridas, claro. La desconfianza en los operadores de justicia (derivado de la polarización extrema), el desplome en la credibilidad de algunos medios (fomentada, en parte, por banderas activistas que algunos han decidido abrazar), el trauma de sentirse perseguido por cualquier cosa (sobre todo en las empresas e instituciones públicas, en donde se teme firmar y comprometerse, porque cualquier cosa podría ser un delito fabricado por falsos operadores de justicia), y así, muchos más.
¿Y entonces? Un par de críticos de mi columna ¿Y ahora quién ejerce la ciudadanía? me decían que mi concepción del ciudadano total —el ciudadano a tiempo completo que se informa, que denuncia, que fiscaliza— es utópica. Y sí, mea culpa, lo es. Otros más críticos señalaron que ese tipo de ciudadano “es otra cara del Estado totalitario” porque “no es posible ni deseable ser ciudadano de tiempo completo”, pues esto supondría “reducir la persona a una faceta de su vida, la cívica”. ¡Claro que el ciudadano no tiene tiempo de dedicarse solo a la fiscalización del poder público! Por eso existe la figura del voto para que el ejercicio de la ciudadanía también repose en los “representantes” electos para las instituciones públicas… pero hoy por hoy, pensar así también es de ilusos, porque el problema de fondo es el mismo y lo veremos de nuevo en las próximas elecciones: elegiremos mal, porque elegiremos entre lo peor de la sociedad, que es la que en su mayoría se postula. ¿Y entonces qué? ¿Nos postulamos? ¡Ja! ¡Pero si ni manifestar queremos!
@godoyesjd