Erosión democrática acelerada

Guatemala se encuentra, de manera evidente, en una etapa de grave erosión democrática. Este concepto se ha acuñado en épocas recientes para explicar, al menos, cómo las democracias pasan de una fase de debilitamiento, opacidad, a su fragmentación y posterior destrucción. Pero eso no es todo. El concepto de erosión también implica el otro lado de la ecuación: ¿quién gana con este desgaste acelerado y profundo? En realidad, la erosión es el medio por el cual se edifica y fortalece una forma autoritaria en particular. Con ello se rompe un elemento presente en la narrativa actual: vamos a ser igual que la Nicaragua actual.

Lo que por acá se está construyendo a paso acelerado es un modelo propio, que por supuesto toma elemento o rasgos de procesos como el del país de la región mencionado en el párrafo inicial pero aquí apunta a mayor vitalidad en el tiempo. Es el régimen y no el gobierno el que va en ese penoso y adverso rumbo. A ello obedece la obsesión por pasar sobre todo lo que represente amenaza al presente y a esa idea de futuro inmediato. 

El concepto de erosión consiste en una pérdida gradual de los atributos democráticos de un sistema político, ya sea este plenamente de ese tipo, o ya sean sus rasgos democráticos casi imperceptibles. Cabe destacar esta última parte. En Guatemala los avances han sido lentos, no consumados o sostenibles e incluso, no suficientemente defendidos y por tanto parecen poco evidentes. Por su parte, la construcción autoritaria, a la guatemalteca, se ha acelerado por la presencia de una mezcla de obsesivos con el poder, compulsivos por ir en contra de las piedras en el zapato, otros interesados en recibir al menos algunas gotas de la impunidad y corrupción que ahora se ha ampliado en forma descomunal y los que se hacen de la vista gorda para dejar hacer, dejar pasar. 

Se persigue romper con varios de los preceptos básicos de la construcción democrática porque en definitiva se construye otro al lado. El sentido de destrucción solo es parte de una moneda que tiene dos caras. Se edifica un constructo autoritario basado en los elementos adversos a la democracia. Nada de libertades, menos si son para el ejercicio del control social y político, para hacer circular las ideas, para generar pensamiento crítico, para decir lo que a unos disgusta, para desentrañar los poderes antes ocultos y ahora vigentes. 

El proceso electoral del próximo año debe leerse como una expresión del autoritarismo electoral. Cabe precisar que una elección que no tiene consecuencias no se considera democrática. Es previsible que cualquier resultado que arroje ese proceso acelerará el desgaste e incumplimiento democrático. En apariencia habrá “juego multipartidista”, se cumplirán las reglas básicas y superficiales, los electos tomarán posesión de sus cargos. Pero la elección, en esencia, es un instrumento para la consolidación de una forma perversa del poder que no responde a los preceptos de la democracia. 

Ocurre hoy lo mismo a todo nivel. Las instituciones operan de manera formal pero las prácticas son autoritarias (está sucediendo con muchas de las denuncias y acciones del sistema judicial y sus evidentes intenciones políticas), pero si estas no ejercen funciones que sirvan de garantías a la sociedad en su conjunto ni ejerzan contrapeso, entonces son expresiones antidemocráticas.

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Author: Maria Suarez