El régimen dictatorial que preside Alejandro Giammattei, autodenominado de derecha política, que nos gobierna con fachada de institucionalidad democrática, está entrando en una especie de paranoia, que le obnubila ver su decadente realidad.
Este régimen, cuyos tentáculos llegan a cada uno de los organismos e instituciones estatales y autónomas del Estado, ha desarrollado una serie de vicios que se traducen en: los prejuicios políticos, la intolerancia a la crítica pública y privada, los rencores indelebles, el engaño como práctica, el uso y abuso de los recursos públicos, las componendas abiertas y solapadas, la instrumentalización del sistema de justicia para acallar a sus críticos incómodos y garantizarse la impunidad, la sed de venganza , la extorsión y la persecución política, y por último pero no por ello menos importante, la ambición enfermiza de querer perpetuarse en el poder.
Estas desviaciones permanecieron semiocultas durante la pandemia del COVID-19, que sorprendió al mundo por su vertiginoso contagio y que a los guatemaltecos en particular nos obligó a cerrar filas alrededor del gobierno, que había tomado posesión recientemente.
Se siguieron en términos generales las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los distintos sectores dieron su apoyo abierto al gobierno para enfrentar la crisis sanitaria. En especial el sector privado actuó con eficiencia y eficacia. Sin embargo, esa convergencia coyuntural a favor del gobierno empezó a mermarse tan pronto surgía a la luz pública las opacas negociaciones de millones de dólares de pago anticipado en la compra de las cuestionadas vacunas rusas, llamadas Sputnik.
La verdadera naturaleza del régimen, que reprimió e infiltró las manifestaciones en contra del inflado presupuesto aprobado por el Congreso de la República en el 2020, que fracasó en la convocatoria a un diálogo nacional, que le faltó el respeto y menospreció a líderes indígenas, tuvo un punto de inflexión al darse cuenta de que la Fiscalía Especial contra la Impunidad (FECI), dirigida por el fiscal Juan Francisco Sandoval, quien recibía el apoyo del Gobierno de los Estados Unidos, investigaba al gobernante y a su círculo íntimo de actos de corrupción. El atrevimiento del fiscal Sandoval por realizar su trabajo de forma independiente le valió la intervención a las investigaciones que llevaba a cabo, a su destitución abrupta y a un exilio inmediato. Esa ruta han seguido otros fiscales, magistrados y jueces, incluyendo ahora al ex Procurador de los Derechos Humanos.
El régimen tiene así cooptada la institucionalidad democrática del Estado. La insaciable sed de poder, la intolerancia a la crítica y a las denuncias llevaron a la cuestionada captura del connotado periodista Jose Rubén Zamora, quien se quedó en Guatemala para hacerle frente a este régimen. Es un preso político encerrado en una bartolina con vigilancia extrema. ¿A qué le temen? ¿A un liderazgo político? Las voces por su liberación se multiplican nacional e internacionalmente, así como la defensa de la libre emisión del pensamiento.
En este contexto el régimen en su obsesión por perpetuarse en el poder precipita el inicio de lo que luce al día de hoy como una pantomima electoral. Los líderes de la derecha política que están en una supuesta oposición al régimen y de otras corrientes políticas deben desmarcarse claramente de esta mascarada a menos que sean parte del juego que simula un proceso electoral.