Mucho se ha comentado en las redes sociales sobre los discursos y participantes del denominado Desayuno Nacional de la Oración, organizado por la entidad cristiana Guatemala Próspera y que contó con la crema y nata de los actuales poderes estatales y fácticos del país. Me interesa resaltar la participación de Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, un centro de pensamiento opuesto a las acciones del cambio climático, a las políticas de protección social y muy duro con temas muy nuestros como la emigración latina hacia el norte.
Roberts se presenta como un educador, abiertamente opuesto a las acciones del United States Department of Education, un gabinete fundado por Jimmy Carter y que se encarga de asegurar igual acceso a la educación. Se trata así de diseminar la educación como un bien público más que como un asunto selectivo que impulsa por estos lares la marcada desigualdad en los ingresos y en la división del trabajo.
Me llama también la atención, al investigar a Roberts y su centro de pensamiento, la animadversión que tienen en relación con la recientemente aprobada por el Senado estadounidense Ley de Reducción de la Inflación, que comenté en esta columna la semana pasada. A Roberts y colegas les molesta de sobremanera el tema de imponer impuestos a los más ricos, dado que la Heritage tuvo un alto protagonismo en la ley de recorte de impuestos (Tax Cuts and Jobs Act of 2017), con insumos de Stephen Moore un experto en impuestos que pasó a formar parte clave de la administración Trump junto a una buena cantidad de staffers (principalmente jóvenes profesionales), surgidos del seno de tal organización.
La ley de Biden para la reducción de la inflación ha sido positivamente comentada en columnas de prensa publicadas el domingo pasado, de autoría de los premios Nobel en Economía Paul Krugman (Prensa Libre) y Joseph Stiglitz (elPeriódico). Este último ha subrayado la función importante de los impuestos para reducir las grandes desigualdades sociales, tema que es refutado por la Heritage Foundation, financiada por corporaciones que se oponen rotundamente a los acuerdos internacionales para reducir los gases de efecto invernadero a nivel planetario.
Estos discursos adquieren especial connotación, aquí y allá, cuando el más reciente número de la revista The Economist analiza el apego del colectivo conservador estadounidense a Donald Trump, y afirma que a pesar de su pobre rendimiento en el puesto y su pésimo comportamiento luego de que los votantes lo expulsaran de la Casa Blanca, el político mantiene atado al Partido Republicano. Además de los diez diputados republicanos que votaron para procesarlo sobre sus acciones del 6 de enero del 2021, ocho están ya sea retirándose o bien haciéndose a un lado de las conocidas primarias del partido.
Vemos entonces que, como bien se habla en los ambientes de economistas que no hay almuerzo gratis, el mencionado desayuno no ha sido nada gratis, sino una acción interesante muy cargada de ideología, más que de religión o espiritualismo. Conservadores los habrá siempre, pero lo bueno de la democracia es que sus ideas, posturas y propuestas entran a procesos de delicados equilibrios políticos mediante el voto y la discusión abierta, cuando esta se permite aún cuando preocupan —aquí y allá— los actos de violencia política y fanatismo que crecen día con día.