“No es significativo que en un partido político su mando nacional se reúna una vez por semana para discutir en qué esquina van a instalar una marimba, quién se encarga de quemar los cuetes y llevar el confeti. Eso no tiene sentido para la vida política de Guatemala”. Estas palabras fueron pronunciadas en 1978 por Alejandro Maldonado en el no tan conocido segundo debate con Manuel Colom Argueta. En ellas, el respetado político y jurista parecía entrever una cierta banalización del quehacer político entre las elites gobernantes del país. Además, aludía a que la afiliación partidaria muchas veces resultaba ficticia y pasaba a constituir un mero “elemento de número”. Los debates de fondos, tanto ideológicos cómo de política pública empezaban a quedar rezagados por meras cuestiones de forma, márquetin y percepción.
Cuarenta años después de esta intervención, da la impresión de que la intuición de Maldonado ha sido validada paulatinamente por la diosa de la historia. La intrascendencia de una política vacua y superficial parece haberse asentado no solo en la afiliación sino en los “cuadros dirigentes” del discurso público. Estos últimos habiendo perdido, en buena medida, las nociones de decoro que exigen las labores funcionarial y parlamentaria. Ello, amén de mostrar una preparación y profundidad más bien escasas. A medida que el sensacionalismo y el postureo ganan peso el circo parece adquirir una evidente prioridad sobre el pan. Por supuesto, como en todo, hay excepciones. Las mismas, aunque encomiables, pueden contarse con los dedos de ambas manos para contarlas a cada lado del espectro político. En cuanto a los espacios públicos de discusión, aquellos que invitaban a una disección más profunda y taimada de la problemática nacional a nuestros dirigentes, parecen estar en peligro de extinción. Ejemplo ilustrativo de ello la desaparición del formato de programas como ‘Libre Encuentro’ o ‘Sin Filtro’. Espacios estos últimos que, bien o mal, proveían un plató para ahondar en los grandes temas de coyuntura y política pública. Iniciativas de diálogo similares o bien se recluyen ahora en un hermético ámbito académico o adoptan un formato decididamente más “liviano” y cotidiano en la forma de podcasts o programas de radio.
Semejante panorama nos deja pues con una política de papel maché. Aludiendo a la colorida y alegre fachada de una piñata vacía por dentro. Y sin dulces, es decir, resultados no se puede augurar nada bueno para la supervivencia de la piñata llamada sistema político constitucional.