“Serpiente que no muda, muere”, afirma el dicho popular que siempre me ha gustado porque tanto literal como simbólicamente, encierra una profunda verdad. Es decir que, si uno no se renueva de vez en cuando, si uno no cambia de piel, si uno no abandona los viejos ropajes, las costumbres innecesarias, ciertas creencias fosilizadas que nos han acompañado a lo largo de nuestro crecimiento, pero que ya no responden a las exigencias actuales de evolución personal, entonces la sobrevivencia puede verse en aprietos y se corre el riesgo físico y psicológico de ser estrangulados por la vida, cosa que acontece con más frecuencia de lo que imaginamos.
Como ya lo he explicado en otras ocasiones, mi identidad se ha forjado bajo la influencia de las experiencias vividas en diferentes contextos, países y culturas, y quizás por eso siempre he mantenido una prudente distancia hacia cualquier nacionalismo, sobre todo cuando se expresa con trompetas, petardos, gritos y lágrimas. En realidad, me siento tan guatemalteco como latinoamericano, y tan europeo como francés y español, por los vínculos familiares e históricos que me unen a esos países. Los últimos veinte años los he vivido solo y sin familia en Guatemala por decisión propia, dando lo mejor de mí mismo como profesor, psicólogo y escritor, y tejiendo poco a poco una vasta red de conocidos y de amistades entrañables, algunas de las cuales se han convertido en mi familia chapina. Ha sido un periodo de inmensa riqueza, durante el cual logré asentar algunas de mis convicciones, valores y visiones que significaron un cambio importante con respecto a mis experiencias anteriores.
Hoy, llegó el momento de compartir con ustedes la decisión que tomé hace un par de años, poco antes del COVID: la de irme de Guatemala para terminar los años que me quedan (y que espero sean todavía muchos) en Europa, concretamente en España. Una de las principales razones que tuve para tomar semejante decisión fue de índole médica, pues sufro de un deterioro irreversible de los riñones y necesitaba atención hospitalaria a la máxima brevedad, cosa que he conseguido en España, que posee uno de los mejores servicios de salud del mundo. De modo que, desde el mes de diciembre del año pasado, radico en España, y mientras esté bajo tratamiento, no podré viajar a ningún sitio. Es una decisión que no había querido anunciar públicamente, pero creo que ustedes merecen saber la verdad, así que ahora ya la saben.
Por supuesto, en la medida en que ‘elPeriódico’ logre sobrevivir, yo espero seguir escribiendo mis columnas, de modo que volveremos a encontrarnos aquí cada semana para abordar toda clase de temas. Les agradezco con todo el corazón su fidelidad y amistad, y les envío un grande y afectuoso abrazo. Cuídense y, porfa, hagan el bien sin mirar a quién.