Amarrar al loco e internarlo en el manicomio para que no siga haciendo más daño al país pareciera que es la última y mejor opción en Nicaragua.
Daniel Ortega, presidente fraudulento de Nicaragua, y su esposa Rosario Murillo, con la que el mandatario nicaragüense comparte el poder, han destripado, peor que cucaracha, la democracia, los derechos humanos, la libertad de prensa. No ha quedado nada. En la vida privada y pública de Ortega todo es sórdido.
Zoilamérica Narváez, hijastra de Daniel Ortega, en los tribunales denunció a su padrastro por los abusos sexuales que, durante muchos años, habría sufrido, con el silencio cómplice de la madre de ella. Como tras la denuncia, la víctima sufrió persecución política, tuvo que irse al exilio con sus tres hijos.
Tras el asalto a un banco, Ortega fue capturado. Después de siete años de prisión, junto con otros guerrilleros encarcelados, Ortega fue canjeado por miembros del gobierno de Anastasio Somoza que estaban como rehenes de la insurgencia. Desde 1979, año en el que fue derrocado el dictador de derecha Anastasio Somoza, Daniel Ortega ha hecho gobierno en cinco ocasiones. En un acto deslucido y sin mayor asistencia internacional, este año Ortega asumió la presidencia por cuarta vez consecutiva. Lleva quince años seguidos sentado en la poltrona presidencial, donde se ha pervertido al extremo.
Daniel Ortega no tiene carrera universitaria. Su único know how es el de un guerrillero: secuestrar, asaltar bancos, combatir, matar. No sé cuándo o dónde aprendió a violar mujeres. Se cree que sus largas ausencias públicas se deben a alguna extraña enfermedad, que algunos creen que es lupus. En caso de muerte, su esposa Rosario Murillo lo reemplazaría. En la actualidad, ella tiene tanto poder como su marido. Es madre de diez hijos con cuatro parejas. De 70 años, la copresidenta de Nicaragua, una mujer menuda, es fácilmente reconocible por los colores chillones de su ropa, sus anillos y pulseras que suelen ir combinados con mensajes de amor y paz. Frente a un Daniel Ortega introvertido, ella es impetuosa, colérica, impulsiva y extrovertida. La acusan de ser muy supersticiosa.
Especialmente en el trópico, el poder enloquece; y el máximo poder, enloquece máximamente. Las consecuencias de la locura extrema de los Ortega-Murillo la sufren todos los nicaragüenses. Ortega vuelve a hacer realidad la figura de los grandes dictadores latinoamericanos, que se creía eran del pasado. Por ello, novelas sobre dictadores, como El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, siguen vigentes. Tiranías siguen habiendo en muchos lados. La condición humana no cambia.
Para mantenerse en el poder, Daniel Ortega ha terminado con toda oposición. Manifestaciones en su contra, en favor de los derechos humanos y democracia fueron reprimidas a palos y tiros, con saldo de muchos nicaragüenses, especialmente jóvenes, asesinados en las calles. Muchos aún están en las cárceles, literalmente pudriéndose. En 2018, antes de las protestas populares, había 10 presos políticos, ahora cerca de doscientos. A palos, tiros e intimidación, el pueblo se ve obligado a mascar en silencio su protesta. Ojalá algún día a Ortega lo juzguen por delitos de lesa humanidad.
Ante el temor de perder las elecciones, los Ortega-Murillo persiguieron y encarcelaron a todos los oponentes políticos, especialmente a los candidatos presidenciales. También la prensa independiente sufrió la andanada de los gobernantes locos. Para los periodistas no quedaron más que dos caminos: la cárcel o el exilio. Ante las protestas de organismos de derechos humanos, los locos que mandan en Nicaragua cerraron cerca de 150 ONG, aún las más inocuas como la Academia Nicaragüense de la Lengua. En su delirium tremens político, el matrimonio gobernante empezó a ver micos aparejados. Así, empezó la persecución de la Iglesia católica. Todos vimos cómo las monjitas de la congregación de la Madre Teresa salían al exilio, alguna de ellas con andador por la edad y la enfermedad. Sacerdotes y obispos están encarcelados. Las estaciones de radio católicas fueron clausuradas. Los sátrapas Ortega-Murillo convirtieron al país en cementerio. Los muertos no protestan ni hablan. Pero no cierra los ojos, según la metáfora asturiana de la última novela de la Trilogía Bananera.
A Daniel Ortega y su supersticiosa mujer les han valido madre todas las condenas internacionales, igual de los gobiernos europeos como de los Estados Unidos. Igual la Lista Engel, en la que figuran, según los encartados a mucha honra, los gobernantes y políticos corruptos y represores y sus parientes. Hoy el matrimonio gobernante, los esposos Ortega-Murillo, con total propiedad pueden decir: “El Estado somos nosotros”. ¡Y si el pueblo tiene hambre, que le den pasteles! Que mejor los encierren en el manicomio. Así ya no harán más daño. ¡Viva el pueblo libre de Nicaragua! ¡Muera la dictadura!