El tráfico es un buen indicador de prosperidad junto a la multiplicación de la construcción, evidencia de la activación gigantesca de la Guatemala pospandemia. Dispongámonos una noche en alguna salida o ingreso de las carreteras portuarias a contar el número de vehículos privados de modelo reciente y el paso de cabezales arrastrando enormes cargas increíbles, zumbando, y entenderemos que el mundo gira a toda velocidad a pesar nuestro, que la producción satisface la demanda. Porque somos un montón de gente conviviendo en un territorio reducido, con cuatro caminos sorteando entre barrancos y colinas, viviendo unos peor y otros mejor por esa mala costumbre de andar comparando, pero donde hay que admitir que tanta actividad no es imaginaria, alguien produce, otro distribuye y alguien consume, o todo seguiría tan calmado como en el pasado.
En 1975, cuando inicié mis estudios en la Universidad de San Carlos, la capital era una aldea grande a la que venía a diario de mi Antigua silenciosa y pacífica. La carretera nunca se congestionaba, salvo por los accidentes o circunstancias eventuales, pero hoy en día con frecuencia requiero hasta 3 horas para realizar el mismo trayecto. De 600 mil habitantes, la capital pasó a más de 3 millones y medio. Aún así, al ingresar a la ciudad se siente el alivio de las calzadas con carriles amplios, puentes y viaductos, pero de regreso sucede lo contrario, se experimenta la estrechez de la vía por los pueblos, formando embudos que generan filas interminables hasta emprender la bajada de las Cañas.
El tráfico es el cuco de los sueños de los políticos que aprovechan casos como el del reciente derrumbe en Mixco del viernes pasado para desacreditar a sus adversarios en los municipios afectados. Pero los más críticos son contradictoriamente bien conocidos como bloqueadores de innovaciones en el Congreso.
La pandemia aceleró la transformación. Dejó a muchos ciudadanos en la calle pero encumbró a otros, les permitió ahorrar, ganar más, cambiar de modelo de carro o incrementar el número de unidades en el hogar, o adquirieron moto urgidos por la necesidad de movilizarse manteniendo el distanciamiento, tras el cierre temporal por decreto y el retorno gradual. Ahora somos más y se multiplicaron los vehículos, pero las calles tienen las mismas dimensiones, así que corresponde modificar nuestra forma de vida. Vivir cerca del trabajo, mandar a los hijos a colegios próximos, demandar al Gobierno emprender como plan de emergencia el gran proyecto nacional de infraestructura y el sueño del ferrocarril de carga y pasajeros, así como acelerar los proyectos de movilidad pendientes de autorización, amén de adaptarnos nosotros, los ciudadanos, a la realidad que se impone.
El aumento del tráfico es también signo de cambio de era, vamos hacia otra forma de vida, llegó el momento de administrar nuestro potencial a partir de las condiciones del entorno, con resiliencia y positivismo.