Con pompa y circunstancia, los europeos anunciaron hace año y medio que la mitad de sus plantas de carbón ya habían cerrado o que lo harían antes de 2030. Ello acompañaba su compromiso de cerrar plantas nucleares: tan solo Alemania pasó de 17 a 3 plantas. Esto se vio como un gran logro para cumplir con las metas del Acuerdo de París y evitar accidentes como el de Fukushima en 2011. Pero el gran resultado fue que Europa terminó arrinconándose a sí misma, a merced de una Rusia que no abandona su proyecto imperialista. La sustitución de plantas nucleares y de carbón por gas ruso fue imprudente y de escasa astucia geoestratégica. Esta semana, el precio de la energía en Alemania, Austria, Francia e Italia, como consecuencia de la política bélica rusa, ha llegado por arriba de los US$500 el megavatio hora, mientras que en Guatemala el precio spot de la energía está en US$90. Es evidente que Europa está frente a una crisis energética. En sus hogares, la costosa calefacción los llevará a sufrir el frío del invierno. En sus empresas, el desempleo se hará patente en muchas fábricas que ya no podrán competir con Asia o Estados Unidos.
La Comisión Europea está identificando esta semana medidas para atender la crisis energética. Su presidenta, Ursula von der Leyen, reconoce que es necesario buscar alternativas. Sin embargo, no es fácil. Europa necesita la energía para este invierno, antes de que termine este año. La energía eólica no ha sido confiable durante temporadas de frío, como sucedió en Texas el año pasado. La energía solar no va a resolver las necesidades de calefacción durante las noches, a menos que se invierta en costosas e inexistentes baterías. Construir plantas de carbón o energía nuclear no se logra de la noche a la mañana. Además, difícilmente podemos imaginar a los europeos tomar la postura de Narendra Modi, el primer ministro de India, quien decidió reabrir cien plantas carboneras e impulsar la energía nuclear para afrontar la creciente demanda eléctrica de su país. La otra alternativa, seguir endeudándose para subsidiar el consumo energético, es poco viable con una deuda pública promedio del 95 por ciento del PIB y con tasas de interés en aumento. Con esta perspectiva, es probable que más de algún gobierno europeo caerá, ya sea en las urnas, por la falta de confianza de su parlamento o por protestas ciudadanas. Para nosotros, en Guatemala, la lección de evitar caer en la premura de las modas internacionales es esencial, especialmente si eso significa que dependemos económicamente de la decisión de otros países con sus propias agendas políticas.