Transformación después de la catástrofe

El número de fallecidos registrados oficialmente de COVID al 27 de agosto es de 19 mil 438, más casos ocultos o ignorados en comunidades del interior, por lo que ya estaremos alrededor de la anterior gran catástrofe del terremoto de 1976, cuando en menos de un minuto fallecieron 23 mil guatemaltecos. 

El terremoto fue un rápido trago amargo, y después del dolor empezó la reconstrucción y transformación del país, que varió su perfil de casas de adobe y teja a block y materiales duraderos o livianos, a la terraza o lámina, y se sucedió la migración a la capital y al exterior, a la formación de densas colonias en la periferia, a la orilla de barrancos, y a la formación de guetos de chapines en el extranjero que envían remesas, y también se aceleró la guerra interna que se extendió por veinte años más hasta que se acordó por cansancio la firma de la paz. No tenía sentido mantener una secuela tropical de la guerra fría cuando la Unión Soviética se dividía y Alemania se reunificaba. 

A principios del 2020 corrió el rumor de que un nuevo terremoto estaba por sucederse en las mismas fechas del anterior (para el 4 de febrero habían transcurrido 44 años), hubo ejercicios de reacción sin saber que el cataclismo que se avecinaba era la pandemia, cuyo efecto fue prolongado con un daño similar. Se tomaron medidas, anticipamos lo que llegaría de fuera con el correspondiente daño económico. El miedo nos envolvió, tuvimos pánico y vivimos el encierro, ganando tiempo para prepararnos. La lista de muertos avanzó con las olas de contagio que al principio fueron letales, y gradualmente fue reduciendo en mortalidad. En la actualidad estamos viviendo la adaptación al bicho, y nos toca vivir una nueva transformación del país. Aprendimos a apreciar más a las personas que tenemos cerca, a cuidarnos. La educación se atrasó en general, pero la tecnología se desarrolló a pasos agigantados. Nos distanciamos y creamos murallas de seguridad, se eliminó el estrechar las manos y dar besos en las mejillas, se limitaron las reuniones, pero gradualmente está regresando la confianza. 

El dolor de quienes perdieron a sus seres queridos dejará huella. Hubo familias que llevaron a sus parientes al hospital y no los volvieron a ver nunca, o acudieron a funerales para despedir un cajón sin certeza de su contenido. Madres condujeron a sus hijos al hospital con temor de no volver a verlos, pero que se salvaron y regresaron de la muerte. Enfermos escaparon del hospital. Las experiencias no se borran, y alimentarán nuestro imaginario y la transformación inevitable porque ya no somos los mismos, e incierta porque no sabemos hacia donde nos conducirá.

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Author: Maria Suarez