Mucho se ha hablado y discutido de cómo calificar la venida de los españoles a Hispanoamérica. Habría sido ¿invasión, liberación o conquista? Desparramemos los conceptos para hacer historia no histeria.
Algunos afirman que lo que hubo fue invasión. Así, en el siglo XVI, Francisco de Vitoria (pionero de los derechos humanos) rechazó los motivos de justificación de la conquista argumentado que no podía aplicarse el Ius Inventionis (derecho de descubrimiento) sobre las tierras halladas, porque los habitantes del Nuevo Continente eran verdaderos señores pública y privadamente.
Por el contrario, algunos historiadores señalan que lo que aconteció fue liberación de pueblos esclavizados por reinos indígenas hegemónicos. Octavio Paz escribió que “la llegada de los españoles parece una liberación de los pueblos sometidos a los aztecas”. El historiador argentino Marcelo Gullo escribió que “Hernán Cortés libremente aglutinó a 100 naciones mexicanas que vivían oprimidas por la tiranía antopófaga de los aztecas… En Mesoamérica había una nación opresora, la azteca, y cientos de naciones oprimidas, a las cuales los aztecas les arrebataban no solo sus materias primas —tal y como lo han hecho todos los imperialismos a través de la historia—, sino que les arrebataban a sus hijos, a sus hermanos… para sacrificarlos en sus templos y luego repartir los cuerpos descuartizados de las víctimas en sus carnicerías, como si fuesen chuletas”.
El historiador William Prescot, poco sospechoso de ser proespañol, escribió que “cuando en 1486 se dedicó el gran templo de México a Huitzilopochtli, los sacrificios duraron varios días y perecieron setenta mil víctimas”.
Finalmente, hay quienes apuntan a que lo que aconteció fue conquista en el sentido etimológico de la palabra: apropiarse militarmente de un territorio, para dominarlo y reorganizarlo políticamente. En el curso de la conquista habría habido invasión (así lo verían los aztecas) y liberación (como lo considerarían las etnias que hicieron causa común con Cortés).
En realidad, trescientos españoles era imposible que conquistaran un imperio de tal magnitud como el azteca. Por ello, Servando T. de Mier puntualizó que “los soldados para la conquista han sido indios con jefes europeos”. Matilde Ivic escribió que la conquista, además de española, fue “nahua, mixteca, zapoteca, y de otros grupos mesoamericanos”. Por ello, luego ante los reyes hispanos, los “indios conquistadores” reclamaron sus derechos de conquista. Matilde Ivic señaló que “uno de los efectos colaterales de la exaltación de los españoles como soldados excepcionales fue la ocultación de la participación multitudinaria y determinante de los conquistadores indígenas mesoamericanos que se aliaron con los invasores europeos”.
Por la colaboración prestada en la conquista, a solicitud de Hernán Cortés los tlaxcaltecas no fueron incluidos en el reparto de encomiendas; sus tierras fueron realengas, dependientes del rey el línea directa. Fueron vasallos libres, no tributarios. Se les permitió conservar su antiguo gobierno indígena y sus tierras, sin intromisión de los españoles. Se les concedió el derecho de portar armas, de montar a caballo, que era reservado a los españoles, se les consideró hidalgos, con facultad de anteponer a sus nombres el título de “don”, se les eximió del pago de tributos. Carlos V los llamaba “mis primos tlaxcaltecas”.
El caso de Guatemala fue diferente porque Pedro de Alvarado fue el más despótico de todos los conquistadores españoles; un hombre sin piedad ni palabra, sanguinario, díscolo y temerario, temido igual por indígenas que por españoles. Utilizó a los kaqchikeles para luego perseguirlos. Por Alvarado nadie puede tener una sola palabra de elogio. En otra ocasión me ocuparé de este tema.