El hecho de idealizar puede ser entendido como el acto de embellecer, magnificar o tomar en cuenta las cualidades positivas y ejemplares (ya sean inventadas o reales) de personajes, lugares, países o acontecimientos, haciendo abstracción de otras características quizás más objetivas, concretas y materiales, pero que debido a sus propiedades balsámicas y anestésicas, idealizar nos impide sucumbir ante el sufrimiento con que la realidad (accidentes, enfermedad, muerte, etcétera) inevitablemente nos abofetea, dejándonos psicológica y moralmente consternados.
En ese sentido, idealizar es una función defensiva de la mente para alejarnos del peligro de desintegración de nuestra pretendida, aunque contradictoria unidad del “yo” o, para decirlo simplemente, de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pero, además de ser un mecanismo individual, también es un fenómeno colectivo que funciona culturalmente para evitar la irrupción de realidades incómodas o inaceptables que pueden alterar nuestra zona de confort aprendida o nuestro sentido de pertenecer a una identidad social e histórica “correctas”.
Para ser más precisos: solemos idealizar retrospectivamente (no siempre, pero a menudo) a nuestros padres (o a alguno de ellos), nuestra infancia o adolescencia, nuestra escuela y nuestras experiencias, siguiendo el principio psicológico de que saber olvidar los malos momentos también significa tener buena memoria. Idealizamos nuestro país, al grado de atribuirle propiedades humanas que nos hacen hablarle como a un ser amado: “Pequeña patria, dulce tormenta mía…” (Otto René Castillo). Idealizamos igualmente ciertos paisajes típicos y otros estereotipos, ciertos criminales (como Ríos Montt), y puestos a delirar a lo bestia, idealizamos a un dios que supuestamente tiene todo el control, pero que, por lo visto, nunca lo ejerce.
Dos acontecimientos esta semana han venido a recordarme que, a pesar de nuestra pretendida racionalidad, seguimos siendo seres profundamente anclados en supersticiones disparatadas: el fosilizado culto a la personalidad demostrado hacia la difunta reina de Inglaterra, que ha sido tanto o más absurdo que las ceremonias similares que se realizan en Corea del Norte, y el patrioterismo siempre torpe y penoso que muestra buena parte de la población guatemalteca al “celebrar” la llamada Independencia. Son casos ante los que, a pesar de lo denigrado y olvidado que está el materialismo (sobre todo el dialéctico y el histórico), creo que cierta dosis de reflexión concreta y racional, de cierta suspicacia en el arte de pensar, podría devolvernos algo del equilibrio que nos falta.