Nada que presumir

La Asamblea General de las Naciones Unidas era el foro ideal para que Giammattei se luciera. Quiero decir, para que afirmara su respeto escrupuloso del Estado de derecho; su inquebrantable lucha contra la corrupción, y para ofrendar todas las garantías de que las elecciones de 2023 serán transparentes y competitivas, conforme la ley.

Pero no lo hizo. Y eso tiene una explicación: las naciones democráticas saben que Giammattei abatió el Estado de derecho y anuló la independencia de poderes, que el pilar de su gobernabilidad en el Congreso es la corrupción en todas las escalas, y que su deriva autoritaria tiene en agenda unas elecciones excluyentes y fraudulentas en 2023.

Estos son los temas/preocupaciones que están sobre la mesa en las principales capitales políticas del mundo democrático y que tienen resonancia continua en los más prestigiosos medios de comunicación y en la academia. Giammattei no contraargumentó para no quedar en ridículo. Al menos respetó que su audiencia tiene no menos de tres dedos de frente.

Se comportó políticamente correcto. Todo un (falso) “globalista”. Apoyó la agenda de la Asamblea, dio alto valor a los foros multilaterales (a diferencia de Jimmy Morales en 2019), respaldó la idea de reformar el Sistema de las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, y llamó a la paz en Ucrania. El único terreno que tocó para su audiencia fue el de la protección de la vida humana desde su concepción —que no es más que el artículo 3 de la Constitución— y de paso resultó que era su única credencial de respeto de los derechos humanos, pues en derechos civiles, políticos, económicos, culturales y ambientales acumula una enorme deuda. 

Reclamó cooperación internacional “sin presiones ni condiciones” y dijo que eso era respeto de la soberanía nacional. En verdad una actitud muy adolescente para un Estado que tiene más de 70 años adquiriendo compromisos internacionales, sobre los cuales está obligado a rendir cuentas, por ejemplo, en derechos humanos, Estado de derecho, democracia, lucha contra la corrupción y tantísimas otras materias. 

También narró fantasías, deslizándolas de contrabando bajo el radar: que se desvela para fortalecer la resiliencia de la población ante los estragos del cambio climático (no fue negacionista) y que lucha a brazo partido para mitigar el hambre. Y saludó con sombrero ajeno: 114 días sin que aterricen en Guatemala narcoavionetas, aunque no es por obra y gracia suya. Hace más de un año las agencias de seguridad de EE. UU. desmantelaron la estructura transnacional que proveía las avionetas a los narcos desde México hasta Venezuela. Ahora la droga entra por tierra, pues la unidad naval salvadoreña es altamente eficaz con los decomisos.

En resumen, una intervención gris e incómoda. Reflejo del fracaso de su gestión e inhabilidad en el campo internacional, excepto cuando el auditorio pertenece a su secta o tiene un interés clientelar.


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Author: Maria Suarez