El enorme territorio del reino de Nueva Vizcaya, en el centro y el noroeste mexicanos, se encontraba todavía en agosto de 1821 en manos militares del gobierno virreinal. Era su capital la ciudad de Durango y hasta allá llegaban las noticias de lo que acontecía en el resto del virreinato. El Plan de Iguala había unido a españoles y americanos en el proyecto independentista. El último virrey español recién desembarcado en Veracruz, Juan O’Donojú, y Agustín de Iturbide negociaron en la ciudad de Córdoba la independencia de la América mexicana. Iturbide, el jefe del ejército de las “tres garantías”, comisionó a Pedro Celestino Negrete liberar Nueva Vizcaya. Del 26 al 31 de agosto se libraron batallas en la ciudad, pero ya el día 3 de septiembre de 1821 se firmó la capitulación, lo que permitió al ejército Trigarante entrar victorioso en la ciudad de Durango el día 6, proclamando el cabildo y las autoridades civiles, eclesiásticas y militares la independencia del Reino. Iturbide y O’Donojú por su parte decidieron que la entrada triunfal de las fuerzas de los independentistas a la ciudad de México se hiciera el día 27 de septiembre, día del cumpleaños del libertador y futuro emperador.
Sin embargo, cada Estado tiene la necesidad de construir mitos que legitimen su existencia. Por ejemplo, en su turbulenta vida independiente, México construyó una historia mítica en la que la independencia se dio un día 16 de septiembre de 1810, en una pequeña ciudad del “Bajío”, la zona agrícola y minera más rica del país, por el “cura” de una parroquia del pueblo de Dolores, en el hoy estado de Guanajuato. En realidad, la insurrección del cura Hidalgo, que comenzó en esa fecha de 1810, tenía el propósito de deponer “el mal gobierno” y exigir el retorno del “bienamado” rey Fernando VII, que había sido tomado prisionero y mantenido como rehén por el emperador francés Napoleón Bonaparte, desde su invasión a España en 1808.
Con la invasión napoleónica a la Península Ibérica se inició el proceso del derrumbe del Imperio español. La abdicación de los reyes legítimos, Carlos IV y Fernando VII, en favor de Napoleón dio lugar a la vacatio regis, que en la tradición medieval española obligaba a los pueblos a recoger y proteger la soberanía abandonada, mientras regresaba su legítimo poseedor. Al conocerse en América la invasión, la abdicación y la usurpación del trono por el emperador de los franceses, el cabildo de la ciudad de México discutió las medidas que deberían ser tomadas para enfrentar las gravísimas circunstancias de la península. El virrey novohispano parecía dispuesto a reconocer las medidas que tomaría el cabildo metropolitano, cosa que aterró a un grupo de importantes comerciantes de la facción de los llamados “peninsulares”, quienes decidieron aprehender al virrey Iturrigaray y sustituirlo por alguien de su facción. El 15 de septiembre de 1808, por la noche, tomaron prisionero al virrey y a algunos de los miembros más prominentes del cabildo, y nombraron a Pedro Garibay como virrey provisional.
La insurrección iniciada por Miguel Hidalgo en 1810 se convirtió pronto en una guerra civil intermitente. Los principales cabecillas insurgentes fueron aprehendidos y ejecutados; sin embargo, en distintas partes del territorio, algunos caudillos mantuvieron la lucha contra un gobierno que ni en España ni en la Nueva España había podido recobrar el equilibrio y la estabilidad, perdidos desde 1808. Así, cuando en 1821 el virrey O’Donojú reconoció el Plan de las Tres Garantías y firmó los tratados de Córdoba, finalmente se consumó la independencia de toda la América Septentrional hasta Panamá.