La norcoreanización de Rusia, junto a estar lamiendo las botas de China, es una realidad que avanza a paso veloz. El daño que causó el régimen totalitario en la población que perteneció durante décadas a la antigua Unión Soviética dejó secuelas inimaginables que al día de hoy aún perduran y retratan a una ciudadanía castrada y poco digna, que llevó en pocas palabras a Rusia a no saber cómo manejar ni cómo vivir en Libertad; ni tan siquiera pudieron llegar al punto de comprender su valor, para tener la convicción de defenderla con valentía y sacrificio, sino que dócilmente fueron nuevamente conducidos al matadero como los borregos adormilados de siempre.
La muerte de su “libertador” Mijaíl Gorbachov cayó como un balde de agua fría para recordar lo poco que les duró su paso por el mundo libre.
El epitafio sobre la tumba de un remedo de nación dirá así: “Aquí yacen los que no supieron qué hacer con la libertad”.
Encontrándose ahora con la bipolaridad de su descabellado líder Vladimir Putin, en una lucha interna para definir su verdadero Yo, pues tanto el Fuhrer como Rocket Man le nublan e impactan sobremanera su mente, creando una fusión digna del mismísimo demonio.
La figura de Putin viene en caída libre, toda una debacle para un país acabado, endeudado y aislado, retratado nuevamente ante la historia como lo que siempre han sido: una tribu de bárbaros y desalmados dirigentes, al mando de un pueblo adormecido, con gran miedo a la libertad y a la responsabilidad que ella misma implica.
De seguir así, Vladimir Putin terminará probablemente fusilado o ahorcado, acusado de traición por los mismos que le han “seguido fielmente”. El descontento ya es público y los más radicales empiezan a saltar como ratas del barco; más de treinta y cinco concejales de diferentes ciudades han aparecido exigiendo su renuncia y rasgando sus vestiduras ante el desprestigio y el ridículo ocasionado a la disminuida madre Rusia.
Las acusaciones por delitos de lesa humanidad se multiplican y los últimos hallazgos de más de cuatrocientas fosas comunes en Izyum con evidencias claras de tortura, incluso a niños, es algo que exige pronta y definida justicia.
El avance del pueblo ucraniano es innegable y la recuperación de su territorio cada día avanza más. A este paso, según los expertos militares, son capaces de recuperar la anexada Crimea, situación que ya tiene nervioso al Kremlin, pues no dista de poder ser una realidad.
Son miles los soldados rusos atrapados y abandonados cobardemente por sus jefes, sin suministros desde la captura de Kupiansk. El mentado “reagrupamiento de tropas”, aducido por Rusia para argumentar que no están siendo vencidos en el campo de batalla, es ridículo y despierta las burlas de la comunidad internacional, pues es innegable el hecho de que el ejército ruso se desmorona.
La batalla moral de Ucrania está ganada desde el principio de la invasión. Los horrores vistos en estos meses nos dejan un amargo sabor, pero dista mucho todavía la finalización del conflicto. La amenaza permanente de un holocausto nuclear no puede dejar de ser tomada en cuenta. Aunque “perro que ladra no muerde”, la locura del Fuhrer de Rusia pudiera llevarlo a una decisión de ese calibre, por lo que la unidad de todo el mundo libre y democrático es vital y debe continuar firme.
Ya todos sabemos de qué son capaces los rusos apoyados por China continental y los drones de Irán atacando hospitales. Ya todos sabemos los niveles de fanatismo y locura que les caracterizan. Por ello mismo, hay que continuar con las sanciones y no bajar la presión. Nuestro grano de arena pudiera ser romper relaciones y expulsarlos de nuestro país.
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