Es sabido que el qué se dice y el cómo se dicen las cosas están tan vinculados, que parecen las dos caras de una misma moneda. ¿Recuerdan el dicho que afirma que, si uno tiene algo importante que decir, seguramente encontrará el camino para decirlo? Pues es cierto. Pero también es cierto que, si no lo encuentra, si su expresión es torpe, pobre o estereotipada, por muy importante que sea lo que quería decir, la gente no le pondrá atención y probablemente no lo tomará en serio.
Pero, la idea de que se trata de dos caras de una misma moneda no es del todo correcta, ya que el qué y el cómo vienen a ser en realidad la misma cosa, solamente que vista desde perspectivas diferentes: “la forma” es la materialización del “qué”, mientras que el “qué” es la materialización de la forma. De igual manera que en el mundo se subraya cada vez más la falsa dicotomía entre espíritu y materia, o entre psique y cuerpo, también en el universo del arte se habla de la inseparable unidad entre lo técnico y lo emocional, donde lo técnico es la materialización de lo emocional, y lo emocional no puede expresarse sino a través del lenguaje de la materialidad técnica. Por eso, cuanto mayor y más sofisticada es la técnica, más refinado y sutil es el “vibrato” espiritual, al extremo de hacernos olvidar por completo la técnica, porque estamos absortos y atrapados en lo sublime.
Bueno, ya Mae West, la divina y recordada actriz, lo había dicho con su habitual desenfado: “No es lo que digo, sino cómo lo digo y cómo me veo cuando lo hago y lo digo”, añadiendo de paso una dimensión complementaria que no he mencionado todavía, que es la de los hechos: no solo es importante cómo se expresan, por ejemplo, las ideas, sino, sobre todo, cómo se realizan, o sea, su materialización.
Pero sin abordar ahora el tema de cómo se pondrán en práctica las bellas ideas expresadas en los discursos, y quedándonos tan solo en lo que se dice y en cómo se dice, valdría la pena detenernos en las palabras de nuestros hombres políticos, en particular de Latinoamérica, y comprobar cuántos de entre ellos han mostrado algún átomo de inteligencia y de originalidad, alguna dosis de vida y de pedagogía, alguna carga de valentía y de sinceridad, por ejemplo, en la reciente reunión de hombres de Estado que hubo esta semana en las Naciones Unidas de Nueva York.
Mencionaré solamente a dos. Dos personas-presidentes que me parecen dignos de ser escuchados y tomados en serio porque han hablado de una manera diferente y no protocolaria, sin lambisconerías y banalidades, sin leer su discurso y sin los retoricismos habituales: el presidente Bukele, de El Salvador, y el presidente Petro, de Colombia. Véanlos y escúchenlos. Estoy seguro de que harán historia. Los encontrarán en YouTube.