Sí, ¡son responsables!

Guatemala se despedaza poco a poco. El fin de semana quedó incomunicada la Antigua Guatemala, una vez más. Las colas en la autopista Palín-Escuintla eran interminables; la carretera Interamericana estaba llena de derrumbes; en Amatitlán, casas inundadas; la megaobra de Chimaltenango siguió desmoronándose. Los cuatro carriles del km 154 en jurisdicción de Nahualá quedaron obstruidos; correntada arrastra vehículos en Pastores, Sacatepéquez; las grietas en carretera a El Salvador siguieron creciendo; comunidades en Alta Verapaz, afectadas por inundaciones; y en el municipio de Villa Nueva, ¡la tierra se tragaba carros y personas! Pareciera que el fin de semana fuimos azotados por un huracán o una tormenta tropical de grandes proporciones. Si así fuese, las autoridades incompetentes tendrían la excusa perfecta, pero no, este era un fin de semana normal, de copiosas lluvias, como suelen ser los de septiembre en Guatemala. ¿Qué pasaría entonces si, en efecto, una de esas tormentas o un huracán llegase a tocarnos en las próximas semanas antes de que acabe la temporada de estos fenómenos naturales? 

De todos los lamentables sucesos del fin de semana, el de Villa Nueva es sin duda el que más atención ha acaparado, tanto de los medios de comunicación como de la población en general. Las redes sociales se inundaron con imágenes, videos y comentarios acerca de la tragedia. Las imágenes, un tanto dantescas, son realmente perturbadoras. Esos vehículos pudieron haber sido los de cualquiera de nosotros y las personas desaparecidas, podrían haber sido nuestros familiares, amigos o conocidos. Si no contextualizamos la situación de esta manera, si no nos ponemos en el lugar de los afectados, no lograremos comprender la seriedad de los sucesos. Todos estamos expuestos a perder nuestras vidas o las de nuestros seres queridos, por consecuencia del abandono de la infraestructura vial en el país. Este es un mal generalizado: ningún departamento o municipio se escapa. 

En toda Guatemala quedan en evidencia el abandono, la mala ejecución de la obra pública, la desmesurada corrupción, la indiferencia y la incapacidad de las autoridades. En esta ocasión, los que sufrieron son Adolfo Mejía Itzep, María Velásquez, Harvi Gómez, Jazmín Gómez; Olga Emilia Choz y Hellen Mejía Choz, quienes se encuentran desaparecidas. Como estos, mueren muchos a diario y se convierten únicamente en estadística. ¿Qué se sentirá enterrar a un hijo por la negligencia de las autoridades? ¿Cómo podemos siquiera imaginar que tantos sueños queden soterrados por la incapacidad de aquellos en quienes se deposita la confianza de gobernar? ¿Cuál sería nuestra reacción si Olga Emilia y Hellen fueran nuestras madres, hijas, hermanas o esposas? Todas estas son preguntas que solo pueden contestar quienes han vivido estas desgracias. Lo importante es saber que mañana puede ocurrirle a cualquiera de nosotros, pues, cuando el mal es generalizado, nadie está a salvo. Me sumo al sufrimiento de los familiares de estas víctimas y de todas las que en el pasado quedaron en el olvido. Sin embargo, responsabilizo directamente a las autoridades, no solo actuales sino a las que les antecedieron. Ellos ¡sí son responsables! Lo que pasa es que como nunca han existido consecuencias directas derivadas de su irresponsabilidad, incapacidad, negligencia y corrupción, actúan como que no les compete. Pero todos al igual que ellos sabemos que sí, aunque el sistema les permita seguir impunes y evadiendo responsabilidad. La política es un negocio y las comunas municipales corporaciones muy lucrativas que se suman a altos honorarios y excesivas dietas que cobran los ediles. Escuchar al alcalde de Villa Nueva evadir la responsabilidad diciendo: “Nadie de los que estamos acá construyó el colector, fueron alcaldes de hace treinta y cuarenta años”, es un insulto a las víctimas y sus familiares, y una cobardía que solo suma a la responsabilidad histórica de las pésimas administraciones del Estado de Guatemala en todos sus niveles. 


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Author: Maria Suarez