Sobre la ciudadanía

Hablar de ciudadanía implica reconocer que sus definiciones varían según el momento histórico y el espíritu de la época. Podríamos volver a la Antigua Grecia y definirla como la condición legal de algunas personas que participaban en la vida política con ciertas restricciones. También podríamos adoptar el ideal republicano de “virtud cívica”, donde el ciudadano es quien, además de gozar de derechos y obligaciones, participa activamente en la esfera política como un deber moral. Así, vemos que el concepto guarda no solo un contenido legal, sino uno filosófico y cultural. 

El concepto de ciudadanía existe como una idea que surge al hablar de la patria y de su destino. La palabra constituye no solo un estatus jurídico de la persona en relación al Estado al que pertenece, sino también un ideal unido a la identidad. Se relaciona con la sensación de pertenencia a una comunidad, ya sea porque comparten un código moral, un conjunto de objetivos comunes o cierta lealtad a un patrimonio cultural común. Sin importar a qué definición decidamos apegarnos, lo cierto es que a la “ciudadanía” guatemalteca le faltan algunos elementos para que sea efectiva. 

Hoy vemos una apatía política generalizada, vemos grupos que, en representación del pueblo, promueven sus intereses, personas que claman por derechos mientras incumplen sus obligaciones y una sociedad fragmentada por la eterna lucha con el pasado y sus fantasmas. A pesar de ello, se percibe la necesidad (y el deseo) de nuestra sociedad de generar una identidad colectiva lo suficientemente fuerte como para unir a los diferentes grupos que la integran. Después de todo, coincidimos en el tipo de país que soñamos.

Debemos olvidar el ideal de una comunidad homogeneizada bajo una narrativa histórica común, porque en Guatemala, así como hay múltiples culturas, hay múltiples contextos. En su lugar, necesitamos una identidad que reconozca la pluralidad y admita la existencia de diferentes bagajes históricos, diferentes valores y diferentes objetivos. Esta identidad compartida debe basarse en nuestra necesidad de trabajar juntos en búsqueda de un país más desarrollado, una sociedad mejor preparada y una comunidad basada en la confianza entre sus miembros. Si no aprendemos a confiar en el otro, ¿cómo pretendemos que nuestro proyecto de país funcione?  

Hoy, más que nunca, entablar relaciones de confianza entre nuestros vecinos y desarrollar una identidad colectiva basada en aspiraciones comunes es clave para construir la ciudadanía que hoy necesitamos. Una ciudadanía organizada, participativa y propositiva.  


En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.

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Author: Maria Suarez