Verde mar

1. Mi mano pequeña se escapaba del borde de una lancha para tocar clandestinamente los retazos de ola (“niña, meta la mano”). Agua cálida, transparente que salpicaba rebosante el lago de Izabal. Cuántos riachuelos, hilos delgaditos y limpios. Ahí mi tío Checha tenía un rancho gigante repleto de catres y mosquiteros. Para mí, todo consistía en cazar tepocates con un bote de vidrio en pequeñas, tibias lagunitas y verlos evolucionar durante las vacaciones. Era la gloria. 

2. Pies de tamalito, me decían. Se remojaban en aquellas orillas cristalinas del lago más hermoso del mundo. Aprendí a nadar, a sumergirme hasta ver las rocas submarinas imponentes, como punteros naufragados. Ese azul espeso de Atitlán pintó mi corazón. Bebía su agua y por las noches temblaba con las leyendas que malintencionadamente me contaban mis hermanas. 

3. Métanse, vengan, decía mi papá en el nacimiento del río San Juan desde su lancha inflable. Ahí donde mi hermana Verónica perdió una botita de hule roja para siempre. El río se la robó. En sus orillas masticábamos el berro fresco que luchaba contra coletazos de corrientes. Aún amo el berro.

4. Selva petenera tan espesa, como mar con olas verdes. Penetrar en ella era una odisea digna de fijarse para siempre. Luego, mareadas por el sueño, nos ponían mentolito en los piquetes de tábanos, hormigas rojas y zancudos, que más bien eran conquistas.

5. Sipacate era un destino común. Mi papá nos amarraba de la cintura con un lazo espinudo sellado con su nudo de marinero para que las olas no nos engulleran en cada revolcada. La espuma blanca, blanca y luego la arena hirviendo que quemaba. El sol picaba hombros y cachetes, cómo dolía. 

6. El camino serpenteado hacia Amatitlán era emocionante. Chapoteábamos hasta que se metía el sol por las ventanas de la casa solariega de mi tío Fernando. Nos sumergíamos para ver quién aguantaba más tiempo debajo de agua, y si abría los ojos miraba los tules bailando con un ritmo lento en sus profundidades. Sí, el tul me daba miedo. Tragaba grandes sorbos de agua tibia y en la noche, en una botella de gaseosa, metía luciérnagas que capturaba del jardín. 

7. El olor a monte de las barranqueadas es perpetuo en mi memoria. De nuevo el lazo espinudo en la cintura para no caer barranco abajo. Eso, en plena zona 12. Las bocanadas de aire fresco inflaban mis pulmones. Volvía con las calcetas bañadas de mozotes. 

Seguro que ustedes ya saben a dónde voy: ya poco hay de lago limpio, de río limpio (espeluznante caso del Motagua), de playa limpia, de barrancos limpios de ciudad, de bocanadas de aire limpio, de tragos de agua limpia, de selvas espesas, limpias, sin hacha para depredarlas. ¿Podrán los niños repetir mis simples historias? O ¿repetirán tantos políticos y empresas, una y otra vez, sus depredaciones, intereses espurios y fracasos (leyes devastadoras)? ¿Existe un hasta aquí? Esto también depende de nosotros. Detener. Impedir. Fenar. Recuperar lo tan nuestro. 

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Author: Maria Suarez