En los artículos precedentes hablé de la increíble democratización de las fuerzas de invención e inversión que propulsó el capitalismo en las personas o clases sociales que rompieron con el dominio de la realeza y del sistema social feudal, lo cual agilizó el comercio, la industria y el consumo a dimensiones antes jamás imaginadas. Con ello, tanto el derecho a la propiedad privada, como la noción de libertades individuales, fueron desarrollándose hasta propiciar cierto grado de conflictividad con el Estado, cuya tarea es la de regular el orden público y garantizar el buen funcionamiento social y económico del sistema en su globalidad.
El problema es que el derecho a la propiedad privada de los grandes medios de producción, o sea, el derecho a la acumulación descomunal de capitales, entró cada vez más en contradicción con la exigua libertad de los pequeños capitales y de los obreros y campesinos que no podían competir en igualdad de condiciones con ese inmensa concentración de poder que hoy no tiene prácticamente ni límites, ni nacionalidad ni moralidad, y que rige, en complicidad con los gobiernos, los destinos de los mercados y el funcionamiento de las sociedades.
Por esta razón, estamos presenciando un momento en que semejantes libertades empresariales han entrado objetiva e irremediablemente en conflicto con grandes sectores de la sociedad, porque tal libertad ya no contribuye de forma objetiva al beneficio público general (aunque subjetivamente, la ideología dominante nos hace creer que sí contribuyen y de que por lo tanto son imprescindibles e intocables) y se ha vuelto un impedimento al desarrollo homogéneo y sano de las sociedades. Es aquí donde las tan cacareadas “libertades individuales” y el “derecho ilimitado a la propiedad” deben ser revisadas no para abolirlas, sino para redefinidas y legalizadas, y revertir así los efectos perversos que la concentración anárquica de capitales produce contra la misma sociedad que los abriga.
Entre otros efectos perversos, uno de los más enajenantes reside en la libertad que tienen las compañías –a través de la publicidad en los espacios públicos, en los buzones de las viviendas, en los diarios impresos y ‘on-line’, en la radio y en la televisión, así como en las redes sociales–, de irrumpir en la vida privada de los ciudadanos e incitarlos con técnicas que van desde las más idiotas y elementales hasta las más creativas y sofisticadas, al consumo de productos que, la mayoría de las veces no son realmente necesarios, sobre todo si no se tienen los recursos para pagarlos. La semana que viene terminaré enumerando algunos de esos métodos a través de los cuales las empresas nos convierten en sus conejillos de indias.
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