David y Goliat

Pocas esculturas pueden rivalizar en dramatismo con “el David” de Juan Lorenzo Bernini (1598-1680), hoy aún en la suntuosa villa romana que legó a los amantes del arte el opulento cardenal renacentista Scipione Borghese (1577-1633). Esta pieza de mármol “viva” (el ceño fruncido, la boca apretada, la piedra en la mano izquierda y el brazo derecho y el cuerpo contorsionados) atrapa el heroísmo del joven campesino un instante antes de lanzar el proyectil de su honda a la frente del temido campeón de los filisteos, el gigante y bien armado Goliat. Según variadas fuentes, el corpulento filisteo medía entre dos y tres metros de altura y su espada era tan larga, como alto era su semidesnudo y adolescente oponente. Conforme al relato bíblico, tras derribarlo con humilde pero certera pedrada, el futuro rey de Israel cortó la cabeza del grotesco guerrero-monstruo y aquella hazaña inesperada liberó al pueblo judío de la humillante opresión de sus enemigos. Desde entonces, esa mítica lucha desigual es símbolo de que aún aquellos a quienes se considere débiles, pueden, si se arman de valor y por estar del lado de la justicia, derrotar a un mal crecido…

Un par de neoaycinenistas asimilados andan diciendo “poray” que mi columna periodística de la semana pasada “es prueba” de que soy enemigo del empresariado. Curioso pero comprensible chisme entre aquellos que consideran que un “empresario” es solo aquel “hijo de papi” que tras estudiar “administración-de-herencias/light” en “Sunshine University”, hereda “turno” en una poderosa junta directiva, en la que con frecuencia, “el tacuche le queda grande”. O su compañero de banca, aquel “ingeniero, eternamente in fieri” que tras comprobar su “incompatibilidad de caracteres” con el cálculo diferencial e integral en una de las facultades de ingeniería del “Ivy-League”, sin éxito académico alguno, pero con cartera “de alta alcurnia”, descubre sus “naturales” e insospechadas “dotes de liderazgo administrativo”. Lumbreras empresariales guatemaltecas como Marcos Antil o Luis von Ahn, por otra parte, al no llenar esos “refinados” requisitos neoaycinenistas, no parecieran ser considerados por algunos de nuestros mentalmente chatos ultraconservadores como tales y hasta son tildados de ser, imagínese, amable lector, “chairos”. Toda mi vida productiva, vea usted, he sido empresario, así que difícilmente puedo ser “antiempresariado”; no puedo negar lo que soy. Empecé mis tanes haciendo “teleproceso” cuando ni Guatel entendía qué era lo que estaba haciendo “pasar” (datos), “con unos ruiditos”, por las líneas telefónicas. Y seguí con “modelos digitales” para simular el comportamiento de sistemas reales, con fines analíticos, cuando las computadoras eran todavía un generalizado misterio. Contribuí a trasladar un taller de herrería, que así se convirtió en una pujante “fábrica” de metal-mecánica, de la capital a un suburbio industrial. Traje a Guatemala la tecnología y la fabricación de techos curvos de lámina de acero autoportantes, que tras ser “tropicalizados” con ingenio, se multiplicaron como hongos por todo “el triángulo norte” centroamericano. Inicié con otros quijotes un periódico, dirigí un banco, y encabecé el largo proceso de escribir una Historia General de Guatemala, con sus obras complementarias y sucedáneas. Impulsé la edición de obras didácticas para primaria y secundaria y programas de educación básica para los olvidados del sistema. Y en casi todas partes comprobé la mezquindad, el atraso y la difundida cultura de envidia y corrupción de nuestro subdesarrollo. Ahora estoy empeñado “en poner mi grano de arena” para que se haga realidad, contra viento y marea, el proyecto más grande de nuestra Historia, el socioeconómicamente revolucionario Corredor Interoceánico de Guatemala

Fui, también, por azares del destino, Director Ejecutivo de la Cámara de Industria, Presidente de la Asociación de Banqueros y Presidente de la Asociación de Amigos del País. O sea que, como dijo José Martí en torno a sus críticas a los EE. UU., “si hablo del monstruo, es porque he estado en sus entrañas”. Y por eso sé que hay empresarios buenos y malos, como ocurre con los componentes individuales de cualquier sector social. También sé que de manera miope, algunos de sus liderazgos institucionales pecan con frecuencia de “prudencia excesiva” —o de exagerado egoísmo— lo que puede, por sus implicaciones en la economía y la sociedad, salirnos a todos muy caro. Que a veces esa miope “prudencia” hace que “la iniciativa privada” luzca “privada de iniciativa”. Que entre empresarios hay variedad de posturas políticas. Y que sus instituciones y sus liderazgos no siempre toman el mejor partido. Que aquí se ha fallado en crear un capitalismo verdaderamente incluyente, que lo haga políticamente viable, a largo plazo. Aunque también haya muchos excelentes empresarios, de visión clara, solidaria y nacionalista. Creo que hoy en día, además, los empresarios patriotas tienen a su disposición muchas maneras de ilustrar abiertamente que sí están del lado de la república democrática y no de la corrupta dictadura corporativizada en vías de consolidación: pueden, por ejemplo, poner —aunque sea solo como símbolo de protesta— abundantes anuncios en elPeriódico; pueden formar públicamente un fondo para la defensa legal de Jose Rubén Zamora y otros perseguidos políticos del régimen, esos a quienes hoy la sociedad tiene, “por prudente”, realmente “abandonados a los leones”; pueden, con sus posturas públicas, sus influencias y sus cabildeos, en fin, contribuir a que evitemos seguir cayendo en lo que aquel reciente invitado de ENADE vino a contarnos a los chapines, que las inmóviles estructuras socioeconómicas semifeudales son las que explican, en el fondo, por qué fracasan las naciones…

También le cayó mal a los neoaycinenistas mi felicitación al cardenal Ramazzini. Por ahí salieron diciendo que ahora “ya ni los curas respetan la Ley” e insinuando que las autoridades debieran, por haber el religioso expresado sus opiniones “políticas”, meterlo al bote (!). Claro que no dicen nada cuando nuestros “políticos” adoptan públicamente mensajes “religiosos”, siempre que sean muy conservadores (“Dios los bendiga”, en este país de los “valores cristianos tradicionales”, promovidos, del diente al labio, por un Alí Babá homosexual y sus cuatrocientos ladrones y compañeros de juergas). Pese a que, como auténtico liberal, creo en el principio de separación de Iglesia y Estado, considero oscurantismo medioeval amenazar con persecusión penal a cualquier ciudadano —aunque sea cura, sobre todo si no habla desde el púlpito— por ejercer su sagrado derecho a la libre expresión del pensamiento. Me parece que nada de lo que dijo Ramazzini, además, es mentira. Vivimos bajo un régimen que lenta pero inexorablemente se convierte en una terrible dictadura corporativizada. Y que el fundado temor es que si no la defenestramos ahora, nos costará muchas más “lágrimas, sudor y sangre”, después. “¡Ah! ¡pero ya viste que sí de veras sos chairo!” —casi los oigo reaccionar—. No entienden los neoaycinenistas que en un país como este, es como me comentaba mi madre que se decía en España durante su terrible Guerra Civil: “Quien a los dieciocho aquí no es comunista, no tiene corazón”; aunque, también, “quien a los veinticinco sigue siendo comunista, no tiene cabeza”. Para claridad de tirios y troyanos, soy liberal, solo que liberal auténtico. No como esos que aquí habrían tildado de “chairo” desde Voltaire hasta Abraham Lincoln. Creo que la izquierda guatemalteca tiene muy claro el diagnóstico, con el que concuerdo. En lo que discrepamos con muchos socialdemócratas es en las recetas. Yo creo que para que algún día nos parezcamos al primer mundo, tenemos que crear un capitalismo inclusivo, el que corresponde a la república de todos los ciudadanos. En otras palabras, mi modelo no es Cuba o Venezuela, sino, por ejemplo, Suecia, Japón o Canadá…

Además, hay que señalar que Ramazzini le ha dado a la Nación un gran consejo: que hay que buscar una gran Convergencia Nacional. Concuerdo. Todas las fuerzas socioeconómicas que crean en la auténtica República Democrática, poniendo a un lado sus diferencias, deben converger, en este momento de crisis nacional, hacia un gran frente político común. Uno que eventualmente derrote, pacíficamente y en las urnas, a la oprobiosa cleptocracia que nos desgobierna, antes de que los insensatos ya solo nos dejen el recurso de la insurrección armada. Ya no basta con sacarles la lengua. Por eso, en la Alianza por la Auténtica República Democrática (ARDE), continuaremos escudriñando la oferta política nacional, dialogando y evaluando. Tratando de identificar lo que haya de genuino en “la sopa de letras” partidista, para alertar a la estructura informal de liderazgo de la Nación. Buscando a quienes se puedan comprometer a una agenda de auténtico rescate republicano, para gestar una convergencia política masiva —entre derechas e izquierdas moderadas y democráticas— en el momento eleccionario oportuno. Para crear el “tsunami de votos” que se necesita y así hacerle “cirugía mayor” al sistema político nacional. Para que más temprano que tarde tengamos un Congreso en el que haya representantes que sí nos representen. Por eso, es momento de olvidar que unos somos atenienses y otros espartanos. Y así prepararnos para esa batalla, definitoria históricamente, en la que seremos todos los griegos contra los persas.

Y no importa que el régimen se sienta fuerte y que los timoratos y los incautos se lo crean. Sí, tienen mucho dinero y la institucionalidad tomada. Pero carecen de legitimidad moral. Tienen a la inteligencia en contra de su dinero mal habido. Y como demostró David, este Goliat podrá también ser derrotado, solo hace falta otra humilde pero certera pedrada…


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Author: Maria Suarez