Desde sus comienzos, la reflexión filosófica ha estado consciente de la naturaleza del poder y algunas obras nos han advertido sobre el carácter anómalo de este. En 1576 se publicó, de forma póstuma, el Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de la Boétie —su amigo Michel de Montaigne no dejó que se perdiera para la historia—. Este opúsculo, escrito cuando el autor contaba con apenas dieciocho años, refleja la mirada fresca de un joven que todavía no había sido afectado por el escepticismo. La Boétie demostró que el poder del tirano no depende de sus fortalezas intrínsecas, sino de la actitud vergonzosa de quienes se someten a sus caprichos.
Los tiranos se sirven de la cobardía y complicidad de personas que se comparan a ellos en su ruindad; sin embargo, su radio de influencia llega a esa zona gris, en donde nos encontramos nosotros, aquellos que vuelven la mirada hacia otro lado, cuando se debería actuar con mayor arrojo y valentía. Actuamos de manera cobarde, condescendiente y complaciente ante los tiranos o aspirantes a serlo. Boétie sabía que, en realidad, no somos celosos defensores de nuestra libertad.
Los hechos actuales siguen confirmando la actualidad de La Boétie. La locura fascista sigue creciendo, en gran parte debido a la escasa participación política de la ciudadanía que ni siquiera sabe defender los derechos de su nariz. A tal punto ha llegado la renuncia a la libertad.
En la situación actual influye la situación postpandemia. Ya se sabía que la crisis y sus consecuencias iban a impactar de manera negativa en la población mundial. Esta tragedia ha dado lugar a un tiempo caótico. El caos despierta los prejuicios, el odio y, en este contexto, el fascista identifica a los que luchan contra la raíz de estos males para convertirlos en chivos expiatorios.
La gente de nuestro país vive una profunda angustia. He escuchado a personas que, literalmente, sienten que se las va a tragar la tierra en esta temporada de lluvias que han develado la larga crisis del Estado. El aumento de los insumos básicos plantea un desafío cada vez más difícil para los hogares guatemaltecos. El movimiento se hace casi imposible en una ciudad caótica. Existe tan solo el deseo de emigrar a otros horizontes. La depresión, que cada vez se asocia más a condiciones sociales invivibles, corroe el deseo de vivir de muchos.
Sin embargo, la solución está en nosotros mismos: debemos levantarnos contra ese número reducido de sociópatas que gobiernan. Los que levantan la voz deben ser protegidos por todo el pueblo. Nuestra obediencia a estos criminales debe ser evitada a toda costa. Sus subordinados, sus operadores, sus sicarios, deben ser rechazados en la vida diaria. La maquinaria megacriminal del Estado, después de todo, está compuesta de individuos tan frágiles como sus víctimas.
Las elecciones se acercan y los nuevos verdugos preparan la siguiente ronda de iniquidades. Y ya no es difícil reconocer a nuestros verdugos para saber por quién no votar. Mostremos nuestro rechazo por los personajes delirantes que piensan que tienen un derecho personalísimo a destruir a la sociedad. No es difícil reconocerlos porque sus hechos hablan con mayor énfasis que sus palabras. No olvidemos que los principios éticos regulan la acción, no el decir.
Estamos frente a un periodo de la historia en el cual los errores de la ciudadanía serán pagados con la negación de los derechos de las futuras generaciones. No podemos ser tan inconscientes de seguir a los gestores del caos. Ellos dejarán un legado que los harán objeto de maldiciones que nosotros no debemos compartir. Es indispensable una revolución ciudadana inteligente, una que no sea derrotada por la fabricación de mentiras. Se debe mostrar que la fuerza de la razón es más fuerte que la convergencia de los mafiosos.
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