Aunque ya no muchos saben cómo es y cómo se comporta una gallina clueca, se las describiré porque la similitud se hace oportuna para perfilar los pasos de cómo se reafirma en el país una dictadura, ante la impávida mirada de muchos analistas y pueblo que, haciendo un papel de ingenuos ven, pero no se asombran, ni protestan, por la coordinación irreverente y descarada entre organismos de Estado y el pacto de gran corrupción con su inaudito servilismo.
Imagíneselo. La dictadura que abierta y descaradamente se nos está imponiendo expulsando del territorio los preceptos democráticos, la táctica con que se están anulando se parece a los gestos de una gallina clueca cuando con su cuerpo encubre y calienta huevos donde crecen los embriones, en un canasto que encubre con pajas y violentos cacareos contra quien se atreva impugnar su ególatra misión maternal. Todo será diferente cuando los embriones revienten en maltrechos pero gordos polluelos y los saque seguros a cantonearse a su patio cuajado de lombrices y gallinaza. La dictadura nutricia, dentro del corral, habrá cumplido su propósito.
El autoritarismo que se vislumbra y en el gallinero es múltiple. Los gallos viejos y espoludos no los sacan ni se van, de la misma manera que se quedaron en el poder las mismas gavillas de corruptos dando cátedras de cómo ensanchar los círculos de corrupción y venalidad hasta hundir un territorio hermoso en un caos donde se desvanece la ley y cualquier gestión o apelación que pretenda ejercer un derecho garantizado en la Carta Magna.
La trágica paradoja se vive cuando los mismos organismos de Estado ignoran los preceptos de la Constitución de la República, –como los gallos locos que no reconocen normas, sino gallinas y pollonas que los complazcan–. No se diga los pollones y pollitas que unidos escarban y se adueñan de cualquier resquicio de abuso e impunidad para solazarse dentro de su espacio de poder publicando leyes a la carta y complacerse con los dueños de los palenques que tanto los ponen a participar en las jugadas.
En los otros corrales, donde trabajan funcionarios y no aves de comparsa, y como se ha señalado muchas veces, es al Congreso de la República el organismo que le corresponde cumplir con el mandato Constitucional y no convertirse ni minusvaluarse como sala de gestiones de intereses particulares. Es impostergable que tanto la participación de la Corte de Constitucionalidad, la Corte Suprema de Justicia, la Corte de Apelaciones, el Ministerio Público debieran cambiar su tergiversado papel para garantizarle a cualquier ciudadano sus derechos inalienables y no actuar como avestruces que evaden la realidad escondiendo la cabeza pero mostrando sus cuerpos grotescos, desvalorando normas y preceptos que solo ellos, por su investidura deben hacer respetar.
Guatemala no es un gallinero, es un pueblo noble y abusado. Ojalá la gallina clueca, ahora tan protectora de sus polluelos, no le revienten en venenosas serpientes, como suele suceder.
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