Samuel Huntington planteó la existencia de un choque de civilizaciones en su libro publicado en 1996. La Unión Soviética había colapsado unos pocos años antes y Francis Fukuyama predicaba en esa misma década el “fin de la historia”, con el triunfo final de la democracia liberal y el capitalismo. Huntington afirmaba las diferencias civilizatorias, mientras para Fukuyama existían unos cuantos principios universales que atravesaban todas las sociedades y comunidades humanas.
Parecería que la guerra de Ucrania devela hoy, en forma sangrienta, la misma dicotomía conceptual que Huntington y Fukuyama exhibían en los años noventa. En el caso de Rusia, China y la India se está viviendo un choque huntingtoniano de civilizaciones, mientras que para los gobiernos de los Estados Unidos, Europa y Ucrania son los principios universales de la democracia liberal, el Estado de derecho y el capitalismo lo que está en juego en esa sangrienta confrontación de las “tierras fronterizas” en disputa.
La dicotomía es clara. Durante casi quinientos años —1492 a 1991— Europa y sus vástagos transcontinentales dominaron el planeta en todos los aspectos, tanto políticos como económicos e ideológicos. Durante ese periodo, Europa fue el motor de la historia universal. Asimismo, Europa desarrolló una visión universalista de principios, que exportó a todo el mundo mediante el uso simultáneo de la espada y la cruz. Se inventaron o descubrieron y codificaron los derechos humanos, se implantaron reglas de convivencia internacional, se conformó un sistema político de Estados-nación y se promovió el crecimiento económico, mediante las sinergias resultantes de los avances de la ciencia y la tecnología, junto con la protección de los derechos humanos y los límites constitucionales a los gobiernos. Europa dio a luz así a la democracia liberal y al capitalismo.
Precisamente esa visión europea, exportada al mundo no europeo, dio lugar a la extinción de numerosas culturas nativas, pero también al crecimiento y fortalecimiento de pueblos, culturas y civilizaciones, que han sabido integrar creativamente los elementos importados con las tradiciones vernáculas. Así Rusia, Japón, China, la India, Corea, Indonesia y otros pueblos experimentaron rápidas transformaciones, que les están permitiendo afirmar ahora proactivamente sus distintas identidades independientes. Estos pueblos y civilizaciones están emancipándose del tutelaje europeo, ahora simplemente otra civilización, la llamada “civilización occidental”, que no ha sido todavía capaz de asimilar su nueva y disminuida condición.
Para Huntington, el choque de las civilizaciones era consecuencia de una reordenación del orden político internacional. Los Estados Unidos y Europa no podían mantenerse como el hegemón mundial, cuando otras civilizaciones, antes subordinadas, pero ahora transformadas en potencias económicas y militares, disputaban abiertamente ese mismo espacio. Rusia, China y la India están reclamando sus “espacios geográficos vitales,” regiones análogas al hemisferio marcado por la “doctrina Monroe” de 1824 para los Estados Unidos, o al aciago “lebensraum” nazi hitleriano. Para Rusia la “línea roja” es la expansión de la OTAN a Ucrania y Georgia. Para China es Taiwán y las islas del mar del Sur, y para la India es el control del océano Índico, la frontera de los Himalayas y la disputada región de Cachemira, con la civilización islámica vecina.
La “civilización occidental” debe ser inflexible en mantener lo básico y radical de su existencia: la defensa de los principios y derechos universales aplicables a todas las personas, el Estado de derecho y el gobierno limitado. Nosotros tenemos la indeclinable responsabilidad de trabajar por hacer el mejor uso posible de lo que hemos heredado de nuestra tradición como participantes de la “civilización occidental”.
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