La música de los días del Brasil (1984-1989) (IV parte)

Naturalmente que los chapines “cariocas” circulaban en Sampa por causa de los innúmeros congresos científicos que se desarrollaban en la ciudad núcleo de la acumulación capitalista del Brasil y, obvio, los chapines “paulistas” viajábamos a la ciudad maravillosa, de Río de Janeiro, a disfrutar de sus playas y sus vistas hermosas de todo tipo. Desde las garotas, pasando por los cerros y las playas, hasta el fútbol, en el Maracaná. Y no digamos de la música y de la parrandeada segura. En mis viajes a Río, que frecuentemente hacía los fines de semana, de ómnibus, en avión cuando había grana (pisto) y muy pocas veces en el excelente servicio de tren que salía de Sampa a las 11 de la noche, de la estacao da Luz, con todo y camarote y que arribaba a Río a las 7 de la mañana, a la estacao da Central do Brasil. Me dirigía al apartamento del Mosco Luna, perdón, del doctor Luna, que quedaba en la Rua Barata Ribeiro, en Copacabana. El apartamento era fácilmente reconocible, pues en su puerta tenía una calcomanía que decía “Yo amo a Guatemala”. Cuando el doctor no estaba y uno desprevenido tocaba la puerta, salían de la vecindad varias “edecanes” diciendo “que o doutor Luna nao esta, chega as sete da noite”, con aquel inconfundible contoneo de caderas. Las vecinas del Mosco tenían un aire de flores de la noche, muy gentiles. El Mosco era estudiante de la Maestría en Salud Pública en la Universidad Federal de Río de Janeiro, lo mismo que el Dr. Julio Argueta. Recuerdo que ambos también iban a la Fundación Oswaldo Cruz a recibir clases. Allí conocieron a la bióloga Fátima Dezzone. Con ella conocí a Verna Robles, guatemalteca que vivía en un apartamento que quedaba en los altos del Restaurante que los sábados al mediodía nos agasajaba con una feijoada de padre y señor mío. Con el Mosco de guía turístico, en la ciudad maravillosa, no había buen restaurante, para pistudos o estudiantes gafos, que no conociéramos y de bares y de lugares de música tampoco. Comíamos en el restaurante Galetos, muchas veces, y naturalmente churrascos en La Estrella del Sur, (A Estrela do Sul), que quedaba cerca del estadio del Botafogo. Unas cervejinhas estúpidamente geladas (frías), con boca de casquinha de siri, eran francamente insuperables. La segunda vez que visité Río, el Mosco estaba soltero, lo que ya no sucedió al año siguiente, cuando ya estaba de namorado (novio) de Fátima Dezzone, que tuvo la gracia de recibirnos en su apartamento de Botafogo y que nos condujo a escuchar maravillosas rodas de samba y de fundo de quintal. Eso sí, el Mosco tenía que cuidar muy bien al gato de angora, que se llamaba Rashi. También nos enseñó el camino para ir al barracao de la escuela de samba, Sao Clemente, que era del barrio y naturalmente nuestra favorita de las pequeñas escuelas de samba, que se enardecían en el verano y en las vísperas del carnaval carioca. La reina de la batería era Monique Evans, una modelo que era un mangazo y que era muy popular por aquellos años. Por esos días conocimos a Marcelo y a Patricia, ecuatorianos compañeros del Mosco y de Julio en la Facultad. Eran muy agradables y Marcelo bueno para la guitarra y para la parranda. Fui partícipe activo del Cordao da Bola Preta, una comparsa carnavalesca de las más antiguas de San Sebastián de Río de Janeiro. Comprábamos las camisas blancas con bolas negras y las vestíamos con orgullo. Nos aprendíamos las letras de los sambas y de las marchinhas de carnaval. En esa oportunidad, nos acompañó el Caimán (Jacaré) y las Reginas, conocimos a Bahía, que era un médico brasileiro, que fuera alumno do Dr. Edelbrando, facultativo padre del susodicho caimán chiquito.

Escuché um samba enredo famoso de aquellos años: https://youtu.be/-wUhWUGojn4.


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Author: Maria Suarez