La música de los días del Brasil (1984-1989) (VI parte)

Estando en Salvador de Bahía es necesario comer por lo menos algunos platos como O Vatapa, A Moqueca de Camarao y As casquinhas de Siri, que se los recomienda la historia culinaria. Los Orixas da Bahía estuvieron con nosotros, protegiéndonos. Comencé a entender la fuerza de los afroamericanos del Brasil sus dioses y religiones, que fueron llevados esclavizados, y el mestizaje profundo que se realizó entre los portugueses y las diversas etnias indígenas, entre ellas, los guaraníes. Empecé a comprender el significado de las pieles canelas y más oscuras y todo su encanto. El Brasil profundo, el del Nordeste. En mi mente se aparecía el Doutor Celso Furtado, economista de fama mundial, junto a Gilberto Freire, el sociólogo de Casa Grande e senzala, explicándonos lo que veíamos. El periplo de las vacaciones no terminaba en la hermosa ciudad colonial portuguesa de la Bahía de Todos los Santos, con todo y sus faros. Y emprendimos de nuevo viaje a la ciudad de Recife de los Ríos, en Pernambuco, en donde Dora, la musa del gran compositor Dorival Caymni, vive todavía. Otras 18 horas en bus, si no recuerdo mal. Nos esperaba, además, la delicia de conocer Olinda, la ciudad de origen holandés fundada en un cerro rodeado de los arrecifes del océano Atlántico, con toda su inmensidad. Olinda, otra ciudad colonial, con su ritmo de frevo, baile tradicional pernambucano. Muy parecido a nuestro Cerrito del Carmen, a cuyos pies hay un mar de casitas que se extiende desde el barrio de La Candelaria, pasando por La Merced hasta La Parroquia Vieja. La playa de Boa Viagem, en Recife, era un encanto. Allí comimos las langostas más grandes del mundo y las más baratas. Para entonces, me empezaba a enamorar de las ciudades coloniales en América Latina, teniendo como referente a nuestra querida Santiago de Guatemala. El scout Mario Alfonso nos hizo el reto para ir a Fortaleza, aún más cerca del Amazonas, y nos negamos rotundamente Gilda Patricia y yo. Así que emprendimos el viaje de retorno a Sao Paulo, vía Brasilia. Es decir, que viajamos nuevamente en bus desde Recife a la nueva capital del Brasil. El entonces cónsul de Guatemala, Jorge Coco Paiz, nos recibió en su apartamento y de su mano conocimos la maravillosa ciudad planificada por Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Recuerdo haber ido a la misa dominical en la Catedral de Don Bosco, quien había “soñado” a Brasilia y la obra salesiana en el país continente. La ciudad “planificada” con sus bulevares inmensos parecía opacar a la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires y a los Champs Elyseés de París. Ciertamente aquella ciudad contrastaba con sus suburbios, las ciudades “satélites” de Brasilia. Uno de los últimos tramos que hicimos en aquel memorable viaje fue Brasilia-Belo Horizonte, en Minas Gerais. De Belo Horizonte, en ese viaje recuerdo poco y lo más destacado en mi memoria es haber ido a conocer la ciudad colonial de Ouro Preto (Oro Negro) en ese estado brasilero. Me impresionó esta ciudad minera, en donde residían los funcionarios peninsulares y los señores esclavistas y sus esclavos. Comimos una feijoada, que era el plato de los esclavos, y conocimos las casas grandes y las senzalas, lugar en donde vivían las familias esclavas. Las calles empedradas nos condujeron a una dulcería casi idéntica a la de doña María Gordillo, en la Antigua Guatemala. Los dulces, sin duda de origen ibérico, nos generaron gran alegría y recuerdos cuando de la mano de nuestros padres comíamos canillitas de leche, tartaritas, colochos de guayaba y demás manjares. En la dulcería de Ouro Preto conocimos a os brigadeiros, os quindis, a goaiabada y demás delicias. 

Escuche a Dorival Caymni cantando samba da minha terra o Dora, en YouTube. 


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Author: Maria Suarez