El Caimán, Elson, también tocaba guitarra y cantaba música popular. Era un erudito de la música popular brasileira (MPB), alumno de su padre, el Dr. Edelbrando, maestro mayor. Me llevaba a unas mercearias (abarroterías) del barrio de la Vila Madalena a escuchar a señores ya de la tercera edad que tocaban y cantaban con la guitarra al canto. Oí viejos boleros brasileiros que existieron y que yo naturalmente no sabía. Una noche inolvidable nos sentamos junto al Caimán en una mesa de un bar, en la Vila Madalena, a conversar y tomar cerveza con un icono del barrio, un negro empobrecido y alcoholizado que nos dio una visión lucida del mundo y su circunstancia. Vestía jeans y camisetas coloridas. Uno de los primeros rastas que vi en la vida y que usaba boina jamaiquina de los reggae boys. Merece un monumento en ese barrio este icono de la rebelión urbana, desde el arte y el pensamiento. Aprendí que naturalmente no todo se aprende en la universidad. Hay una universidad en la calle y desde la calle. El conocimiento por la vía de la experiencia vivida. Por aquellos días pude asistir a escuchar grandes guitarristas como Rafael Rabello, que acompañaba a Ney Mattogrosso —fue doña Cecilia, madre de Carlito, que me sugirió ir a escuchar a este excepcional artista— cantar O mundo é um moinho, del exquisito compositor carioca Cartola o bien interpretando el Tico Tico no Fuba, de antología. Escuché al español Paco de Lucía en el famoso Palace, una casa nocturna y de shows, en Sampa. Lejos estaba yo de comprender el aporte artístico en la música, el baile y el canto de los gitanos. Amplié mi conocimiento de los artistas brasileiros, que alguna vez escuché en mi infancia y adolescencia, como Joao Gilberto (Izaura), Vinicius de Moraes (Orfeu negro) y Antonio Carlos de Almeida Brasileiro Jobim (Anos dourados e Piano na Mangueira), y demás joyas de la bossa nova. Comencé a apreciar a Dorival Caymi (Samba da mina terra e Dora), gran compositor a la altura de los grandes artistas de Salvador, Bahía. A mi parecer en la música popular Caymi es lo que en la literatura es Jorge Amado. A Elis Regina (Fascinacao) terminé de admirarla, a pesar de que ya había fallecido y en la memoria del pueblo brasileiro continúa viva y cantando. A Milton Nascimento, que era muy popular cuando llegué al Brasil, por causa del éxito maravilloso que tuvo por nombre Coracao de estudante. Pude presenciar varios shows de Caetano Velosso, de su hermana, María Bethania, de Chico Buarque de Holanda —uno de mis favoritos—, en dos ocasiones. Una en el famoso Canecao de Río de Janeiro y otra vez en el Palace, junto a Lucía Keilhauer y a Óscar Galindo, especialmente me encantó con el samba Vai passar, José e María y A banda, entre otras. Escuché a Joao Bosco, quien era ingeniero que se decantó por la música. Su hit O bebado e o equilibrista nos recordaba el sufrimiento del pueblo brasileiro bajo la bota de la dictadura militar. Se convirtió en una canción clásica de la resistencia del pueblo brasileiro en contra de los milicos. Marina iniciaba su carrera y a Full Gas cantaba. La veíamos gracias a los tickets que Nando Reis nos pasaba. Era una garota muy bonita, creo que de nuestra edad. A los artistas extranjeros que pude ver en conciertos se cuentan los de la nueva trova cubana, como Silvio Rodríguez, a quien escuché por primera vez en el Palacio de Convenciones de Anhembi. El sonido y la acústica fueron tan malos que francamente me costaba entenderle el castellano a la cubana que hablaba y cantaba. Frecuentábamos los restaurantes y bares a la salida de la USP, el Café París y O Rei das Batidas, donde el joven mesero era poeta. Decía despectivamente, llegan los de “Economía”.
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