Reencuentros

Como expliqué en un artículo precedente, desde diciembre del año pasado estoy en España por razones de salud, y aunque ya había venido de visita otras veces, sobre todo en épocas de juventud, cuando uno pretende comerse el mundo a dentelladas, esta vez el aterrizaje se me hizo largo y complicado, en parte por la acumulación de años prácticamente sin mayor movimiento en Guatemala y, por vía de consecuencia, por la inevitable acumulación de arenilla y óxido en los engranajes vitales, o sea, en la capacidad de adaptación a nuevas situaciones. 

Además, es un hecho que la España (en general, Europa) que yo conocí en el siglo pasado, marcada por la euforia contestataria de los jóvenes que invitaban a luchar por cambios sociales de importancia, esa España del posfranquismo y de la movida, fue traicionada y devorada en el siglo XXI por políticas de sumisión acrítica a los modelos cada vez más neoliberales y conservadores de sus dirigentes, lo que hoy, en este periodo de conflagraciones absurdas, ha conducido a los países europeos a adoptar una perversa e irracional fe en los cantos de sirena de las armas y una renuncia ominosa al ejercicio de la cordura.

España es el único país del mundo que, hasta el día de hoy, ochenta años después del golpe de Estado que el general Francisco Franco, apoyado por Hitler, encabezó contra el régimen democrático elegido en 1931 denominado la 2a. República, intervención sangrienta que duró tres años y perduró treinta y cinco más, es el único país que todavía no ha condenado oficialmente el fascismo y sus crímenes, ni ha juzgado a sus cabecillas que, incomprensiblemente, ostentan incluso monumentos y nombres de calles en algunas ciudades. Lo que sorprende y choca cuando uno se entera.

Los más de treinta y cinco años de férrea dictadura olorosa a mirra y a sotanas, tiempo durante el cual, entre otras muchas disposiciones, estaba prohibido hablar de política tanto afuera como dentro de las casas so pena de prisión o de fusilamiento, hicieron mella en la conciencia de los ciudadanos. A tal punto, que incluso mis tíos sellaron su boca con cemento para nunca más volver a comentar con nadie, y menos con sus hijos, los horrores que habían tenido que sufrir durante la guerra. Situación que, sumada al silencio que prevalece hasta hoy sobre esos terribles hechos en la enseñanza escolar (aunque parezca mentira), hace que muchos, pero muchísimos españoles, vivan en la luna no solo con respecto a la historia de su país, sino incapaces de percibir las pestilencias que surgen por doquier desde las alcantarillas mediáticas en las cuales se esconde la serpiente, la serpiente que no ha muerto y que aspira a apropiarse nuevamente de la historia. 


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Author: Maria Suarez