Además del tranvía tirado por mulitas, los capitalinos contaban a finales del siglo XIX con otro medio de transporte público para desplazarse a los suburbios más alejados de la ciudad: un pequeño ferrocarril de marca Decauville movido por carbón.
El trencito salía de su estación central situada en el lindero sur de la ciudad, hoy Centro Cívico, en un parque llamado Navidad, y se dirigía a la Villa de Guadalupe, al Hipódromo del Norte o al Guarda Viejo.
El trencito que llegaba a la Villa de Guadalupe pasaba por el entonces llamado Parque de la Reforma y por las fincas cafetaleras que rodeaban entonces la ciudad, Santa Clara y Las Margaritas. El pueblo de La Villa de Guadalupe era entonces un pequeño poblado con casas de adobe blanquedo y ranchos, habitado por personas muy humildes. La Villa contaba con una pequeña iglesia colonial con su plazuela.
La línea más solicitada los días domingos y los de asueto era la que llegaba al Guarda Viejo, precisamente en donde hoy está El Trébol, ya que allí existían dos bellos jardines, en donde las personas podían disfrutar no solo de las bondades que daba el campo y el aire libre sino de un excelente restaurante y un pequeño zoológico en donde los animales andaban bastante libres, como monos encadenados, deleite de los más chicos.
Las crónicas de la época hablan de los paseos en tren al Guarda Viejo como uno de los más divertidos de entonces, ya que su ruta finalizaba en las cercanías de un restaurante alemán.
El Restaurante de Hillerman tenía como especialidad el jamón de pierna curado, una delicia gastronómica en aquellos tiempos.
Los días de fiesta y de asueto, los trenes iban atestados y corrían cada media hora. Los niños iban felices. Se peleaban las ventanillas. Les gustaba ver pasar ante sus ojos las ceibas y los terrenos sembrados con pasto y milpa.
En su recorrido al Guarda, el trencito llegaba hasta Tívoli en donde estaban varias lagunas y lagunetas habitadas por patos silvestres, y antes de llegar al Guarda, se hacía una parada en Pamplona.
Los niños gritaban de alegría cuando a lo lejos se lograban ver las torrecitas y las paredes altas encaladas del Guarda Viejo, resabio de ciudad amurallada con torreón, con guardias y vigías para librar a los moradores de los bandidos. Al oeste, un camino largo de tierra llevaba a Las Majadas y a Mixco. “Si no dejas de gritar por la ventanilla” le decía la mamá a su hijo vestido de marinerito, “no te llevo a ver a la Pancha”, la mica traviesa encadenada del zoológico del Guarda.
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