¡Ay muerte tan rigurosa!

Recuerdo despertar con el quejido ronco de las tablas en la cocina de mis abuelas. Aquellas mujeres con olor a talcos y linimento, picando al unísono volcanes de colores. Criticando el fiambre de la vecina, convencidas de que el de ellas era el mejor. (Y lo era.)

Luego, la visita al Cementerio General. Hoy, tristes alamedas resguardadas por árboles arcaicos y pequeñas calles enmontadas. Como una ciudad derruida gritando su ocaso en medio de tiestos, columnas fracturadas, sin abdomen ni peinado. Ángeles decapitados. Tumbas luciendo efímeros abolengos. Fugaces pasados ya sin estuco. Panteones con estatuas ultrajadas por los piratas de la muerte. Hadas, ninfas y faraones sin pátina ni ajuste. Un ejemplo surrealista de nuestra realidad surrealista. Sí, el Cementerio General es una fiel caricatura de la ciudad. 

Y al fondo, la zona de los nichos colectivos sin derecho a lápida, epitafio ni eternidad. Unos goteando huesos hacia el abismo de los deslaves. Ahí, la nube negra de zopilotes al acecho de las muertes frescas. Muchas selladas por el timbre cruel de la violencia. Muchas con la bala incrustada en sus entrañas muertas. Músicos lustran el dolor vendiendo sus canciones: Amor Eterno, Puño de Tierra, Reloj o La Barca de Oro. 

En el mundo hay epitafios famosos: “Fui lo que eres, serás lo que soy”. “Si no viví más, fue porque no me dio tiempo” (Marqués de Sade). “Vivió mientras estuvo vivo”. A la suegra: “Tanta paz encuentres, como tranquilidad me dejas”. “Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo” (Unamuno). O: “Recuerdo de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada”. O: “Les dije que estaba enferma”.

Pero acá no nos quedamos cortos con la poesía del más allá: “Porque para mí, el morir es ganancia”. “Tu estancia fue corta, pero tu recuerdo infinito”. “Esta tumba guarda tu cuerpo, Dios tu alma y nosotros tu recuerdo”. “Déjenme brillar en el cielo como brillé en la tierra, ¡ya no me lloren!”. “Nunca me di por vencida”. (¡Qué tal!). O simplemente: “Se alquila este nicho”. El Cementerio General volvió al alboroto después de tanta espera, de tanto encierro: se ofrecen todo tipo de servicios, coronas grandes y chiquitas con flores grandes y chiquitas, despliegue de lápidas (Q500), helados anaranjados de paleta, aguas en bolsa, pececitos disminuidos, chilacayotes en dulce o elotes locos. Hasta rateros acechando a los acongojados desprevenidos. Niños retozando entre las tumbas y enamorados apercollados en los escondites de la muerte, ¡por suerte nunca faltan! 

Si tan solo la muerte fuera más justa y no se llevara a tantos inocentes; si no tuviera tan ingratos aliados de corrupción y poder contaminado; si no se aprovechara del hambre y la violencia; si no tomara al migrante en su dura travesía o al pasajero en su asfixiante ruta o a tantas mujeres azotadas o a tantos niños inocentes como infeliz designio, otro gallo cantaría. “Ay muerte tan rigurosa, déjame vivir un día” (reza el romance).


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Author: Maria Suarez