En esta primera quincena de noviembre los dos grandes países del hemisferio occidental que albergan a casi 550 millones de almas habrán dado su veredicto al sistema de voto y de escogencia política, que está que hierve en el mundo actual; y que al no poder mantenerse los delicados equilibrios electorales, se decanta por intentos dictatoriales, como también se observa en grandes potencias allende los dos grandes océanos.
El domingo, las urnas brasileñas optaron por un cambio de 180 grados en uno de los tres grandes poderes del Estado, como lo es el organismo ejecutivo. La sensatez condujo a la oposición de centroizquierda a unirse en contra de las posturas ultraderechistas, con alto olor a fascismo y pentecostalismo, que son parte de las filosofías de la intolerancia y el éxito, tan comunes estos tiempos de capitalismo sin sentido y economías liberalizadas, como de casino, sin mayor regulación y apego a posiciones extremas libertarias.
En los Estados Unidos los escenarios son parecidos aún cuando se trata de un país de pleno desarrollo, al contrario de Brasil o Guatemala. En un interesante artículo de Nicholas Lemann publicado por New Yorker (24 de octubre), el desafío de las elecciones de medio término para los demócratas resulta estar entre las ideologías de ambos lados del espectro político y los asuntos cotidianos como la migración, la inflación y temas de mesa de cocina.
Y es que en esa construcción social de la realidad en la que se plantean los temas importantes, los urgentes y los amenazantes y que infunden miedo, las necesidades de afrontar el cambio climático y la pobreza, se mezclan con temas polémicos como el aborto o la contención de la oleada invasora migrante, pero también el sentir local y la diversidad de intereses en la aplicación de políticas territoriales diferentes en tiempo y espacio.
Sin embargo, lo que queda claro en las elecciones del próximo martes en los Estados Unidos, a diferencia de las de Brasil, el domingo pasado, es que se necesita de una legión de buenos líderes para hacerle frente a la insatisfacción de la gente frente a la inoperancia de la que suele llamarse la clase política: se les considera como un conjunto de burócratas desalineados de los problemas centrales y el día a día de la gente. Y ello debe ser enfrentado con temple y carácter, que logren adentrarse en la problemática común de los mortales, y sus creencias y deseos por supuesto. Así, ideología y carácter, además de simpatía y credibilidad, juegan un papel central cuando la competencia electoral se acrecienta y la escogencia se va adentrando en temas de gustos, historia local y creencias populares y culturales.
Y si tales desafíos son parte de algún común denominador que se observa al menos en el hemisferio occidental, todo ello pareciera ser algo muy diferente al clima preelectoral guatemalteco, en donde los asuntos de ideología y de carácter son de segunda importancia frente a maquinarias electorales desgastadas y de políticos desfasados que encuentran su movida a base de comprar voluntades en los diferentes ámbitos de las esferas pública y privada. Es así como ideología, carácter y un ápice de conocimiento de los asuntos de interés global y los cotidianos parecieran estar muy divorciados de la clase política guatemalteca, siendo ello el fruto de sistemas represivos históricamente conformados, que detestan la competencia y el mérito, y que se decantan por una mediocridad que, afortunadamente, está siendo rebasada por la propia decadencia que se observa y que en los ámbitos sociales abre, siempre, una luz de esperanza y utopía que no se apaga.
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