La deshonestidad y el descalabro se imponen en Guatemala. La integridad y la honradez son desvaloradas por el comportamiento más descarado de sujetos que utilizan el poder, tanto en instituciones de gobierno, del comercio protegido, como en los ámbitos familiares. Se han consignado conductas deshonrosas que traspasan las líneas del respeto y la ética. Desbordan un cinismo generalizado que tiene como objetivo amilanar, someter, socavar y destruir las estructuras administrativas, la justicia y los valores morales para el control, la cohesión y coordinación social. ¿Tan deleznable protagonismo identificaría, en algún ángulo, a personas exitosas o felices? Por supuesto que no.
Sería ilógico pensar que quien ejerce la corruptela siente alegría sabiendo que hace daño a muchos negándoles sus derechos. Pasajeras satisfacciones, más nunca ese especial sentimiento de ganarse el pan honradamente. En el boato y el brillo de sus adquisiciones se origina en oscuras y esperpénticas acciones que esconden. Recibir y comprar con dinero fullero usando el poder para hacer sus fechorías a su sabor y antojo. Si observamos estas maniobras, podemos ver con mayor claridad que son de gente insulsa y desdichada, ya que ni siquiera pueden actuar con libertad. Necesitan de “presta nombre” para disimular su vena delincuencial. Viven pensando en justificaciones para lucir los trofeos de su envilecimiento.
Hemos permitido, por años, que estos individuos se instalen en puestos de mando, que se propasen de sus asignaciones y lleguen a romper las estructuras del liderazgo y la gobernanza. Algunos, expresan admiración al decir: “Qué buzo. No te cacharon”. Su ámbito es realmente tenebroso dominado por el miedo a ser delatados. ¿Pueden “levantar la cara” con tranquilidad?
No hay duda, ser honesto y enseñarle a los hijos el valor de la integridad digna identifica a los hombres y mujeres de bien. Son cualidades y valores humanos que traspasan la cultura, las posiciones económicas y sociales. Como expresó Shakespeare: “La honestidad es la mejor forma de actuar. Si pierdo mi honor, me pierdo a mí mismo”. Así creemos la mayoría de guatemaltecos.
El que advierte a una persona para que no entre o que salga de esas pantomimas tormentosas es de quien valora la felicidad y el bienestar. Es de quien desea oportunidades de desarrollo para todos. Es un liderazgo silencioso y determinado.
Sabemos que la podredumbre no es la norma. La mayoría amamos nuestro país. Solo son unos cuantos e identificables los que están sumidos en el autoengaño de creer que el perjudicar es éxito. En esencia, es un fracaso de vida el de engañar para tener. Cada vez que exista oportunidad, insistamos en el respeto, la generosidad y la dignidad humanas. Quitarles la máscara también es una forma de condenarlos.
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