La ficción del salario mínimo

De nuevo está en la noticia la fijación del salario mínimo a distintas actividades económicas y diversas circunscripciones territoriales. Dinámica parecida cada vez más a un grotesco rito en donde recurrentemente pierden los trabajadores, resultan airosos políticos demagogos —Giammattei, por ejemplo— y se engorda el bolsillo del atávico empresariado. Una parodia para encubrir la realidad. Acá —en este país— el salario lo fija el empresariado y punto. El mínimo salarial ya no opera en las relaciones laborales del trabajador agrícola y las corporaciones que producen, transforman y exportan: piña, hule, caña y/o palma aceitera. En estas plantaciones, se aplican con rigor formas de trabajo forzoso y análogas de esclavitud, como lo define la ONU en el Protocolo Relativo al Convenio sobre el Trabajo Forzoso de 2014 y cuya convención originaria (1930) Guatemala ratificó. 

A qué viene aquella tajante afirmación. A la realidad concreta: en los fundos de agroexportación se paga por “productividad,” bajo parámetros que dicta el propietario de la plantación. En la caña, por ejemplo, la “meta” está tasada por toneladas cortadas, en donde los menos productivos (3 toneladas) son despedidos, por baja productividad. En la palma aceitera, la meta implica: corte de fruto, aplicación de fungicidas, limpieza de maleza u otras, en donde los que no aceptan trabajar por “productividad” simplemente ya no se les contrata más. Igual en la piña o el hule. Así, el trabajador que “alegremente decide” ganar más y ser productivo, inicia su labor a las cinco de la mañana cuando pasa el bus a traerle y termina a las dieciocho horas. Volviendo en el bus a su aposento, hasta las veinte o veintiuna horas. Claramente sin cobro de horas extras. El trabajador agrícola está al servicio de la empresa hasta doce horas y cuando algún feriado oficial cae entre semana, lo debe reponer el domingo. En todo aquello “el moderno emprendedor” cuenta con aquiescencia de la Inspección General de Trabajo. La entidad —incluso— reconoció públicamente la buena práctica del fundo palmero. Desoyendo la recurrente denuncia de trabajadores agrícolas, cuyas quejas no tienen efectividad alguna. Es absolutamente obvio que la estrategia de la “moderna” plantación en Guatemala está a la altura de los tiempos de los negreros. 

Cierro con el poema de la ONU: “Trabajo Forzoso. Todo trabajo o servicio exigido a un individuo bajo la amenaza de una pena cualquiera y para el cual dicho individuo no se ofrece voluntariamente”. En Guatemala al trabajador agrícola no se le pregunta, se le somete. Esclavitud siglo XXI. En este inhumano régimen de emprendedores.


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Author: Maria Suarez