El juez Miguel Ángel Gálvez es un hombre de ley, en forma y fondo. Durante la mayor parte de su carrera —25 años— sirvió en la periferia del sistema, en juzgados de Quiché, Baja Verapaz y Chiquimula.
Por su integridad no era atractivo para ocupar lugares estelares en el centro de la justicia. Sencillo, no buscaba gloria ni reconocimiento o ser blanco de los reflectores. Pero inesperadamente ocurrió.
Ahí estaba él, sin pestañear, escuchando atentamente a las partes y tomando notas sin cesar en los casos complejos llamados de “alto impacto”, que involucraron a las más altas autoridades (la vicepresidenta Baldetti, el presidente Otto Pérez) y a los jerarcas históricos del Ejército (caso Diario Militar). Los intocables.
En sus conclusiones —me acuerdo del caso La Línea— nos acostumbró a una forma de expresión y razonamiento tan pedagógicos que permitía a cualquier lego en la materia entender los entreverados corredores del delito sin necesidad de acudir a intérpretes o al diccionario. Mientras hablaba con parsimonia, mantenía en vilo a la Nación entera.
A pesar de que sobre sus hombros recaía lo más pesado de la brutal historia de violencia y abusos de cuatro décadas, jamás se quejó ni abandonó su ethos humilde.
Ya era una de las estrellas más fulgurantes del insospechado sistema de justicia que él contribuyó a sacar a luz, cuando lo encontré en un seminario de operadores de justicia. Ahí estaba el juez Gálvez, vistiendo su muy usado pero digno traje cotidiano, tomando notas como si volviese a ser el estudiante ávido de conocimientos.
Estos años de primavera de la justicia nos desvelaron una estirpe de mujeres y hombres que, como él, no buscaban sobresalir para escalar. Hacían su trabajo con responsabilidad y pasión. No querían reconocimientos, menos ser perseguidos políticamente —con la complicidad de algunos de sus colegas—, hasta el punto de renunciar y verse obligados al amargo camino del exilio, desgarrando sus familias, por el “delito” de servir con integridad a la ley de la República.
Los operadores de justicia por definición no son revolucionarios. Son el statu quo pero lo revolucionan cuando sacan a flote el sistema de impunidad dominante. Como en cualquier institución, los hay de tres tipos: quienes abrazaron la carrera con lealtad, los que se subieron a un ascensor social sin escrúpulos, y los indiferentes —burócratas grises y sin alma —.
Hace tres años un amigo me preguntó: ¿cuál será el legado de la CICIG? Me despierta el déjà vu de 1954, le respondí. Es otro contexto y lenguaje, y diferentes actores. Pero lo que esta gente de ley nos ha legado expandió sin duda la conciencia de la población. Después de sus ejecutorias la sociedad no será la misma, aunque cuesta creerlo hoy, en pleno asalto bárbaro de la justicia que pretende fincar un periodo de oscurantismo; sin embargo, será más breve de lo que muchos creen (o quisieran).
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