El reto del diálogo

El diálogo ha sido por mucho tiempo la promesa para el establecimiento de acuerdos y prioridades para el desarrollo. 

Sin embargo, pareciera que el país se polariza y se enfrenta en diferentes batallas narrativas que terminan por dividir, alejar y promover desconfianza entre los diferentes actores involucrados en la toma de decisiones.

El ejercicio del diálogo exige del reconocimiento del pensamiento, decisiones y acciones de los demás. Así, el primer paso consiste en distinguir con tolerancia y respeto, la diversidad de dimensiones desde la que un mismo tema, asunto u objeto puede ser interpretado.

Parece entonces que el diálogo consiste en un esfuerzo por examinar y entender las razones de los demás, sin la intencionalidad de convencernos, ceder, ni negociar, nuestras razones propias.

Este esfuerzo requiere de una actitud madura e incluso autocrítica; pero además de un proceso reflexivo que nos permita conocer y entender las condiciones biológicas, sociales y cognitivas, que moldean nuestra propia versión de lo que acontece.

Por otro lado, es importante reconocer que el diálogo no es un proceso caducable y limitado, sino manifiesta un proyecto continuo y permanente, que atiende no solamente lo nuevo y lo que acontece alrededor del mismo, sino además recupera, revisa y revitaliza lo que se ha atendido con anterioridad.

Es importante también considerar que no todo actor que debería estar incluido en un diálogo está siempre incluido en el mismo. De esta manera, se hace evidente la necesidad de que los promotores del diálogo, sean agentes activos capaces de “construir puentes” y articular conversaciones de manera segura, confiable y responsable.

Si bien no existen reglas que garanticen el éxito del diálogo, si podemos de manera consistente construir condiciones que nos permitan facilitar el intercambio de ideas de forma pacífica entre individuos. Sin embargo, el hecho de ser capaces de establecer el diálogo, no significa en sí mismo un logro en términos políticos; así pues tampoco podemos celebrar el establecimiento de una agenda durante el diálogo como el fin último del mismo.

Son las acciones concretas y sus resultados entonces el motivo real del diálogo. Sin un proyecto y mecanismos de seguimiento, evaluación y rendición de cuentas, el diálogo se convertirá en una mera cortesía, que en apariencia podría cumplir con las expectativas de quienes participan en el mismo, dejando pasar las altas perspectivas y oportunidades de transformación profunda, que un genuino diálogo podría conseguir.


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Author: Maria Suarez