Ya se registran las primeras goleadas en el mundial de Qatar que mantiene expectante y entretenida a buena parte de la población mundial. Guatemala es uno de los pocos países latinoamericanos (sin contar el Caribe) que nunca ha puesto pie en un Mundial, compartiendo ese registro futbolístico con Belice, Nicaragua y Surinam.
Pero la goleada más grande que incluso ha provocado nuestra exclusión de cualquier competencia olímpica venidera a nivel internacional es la que la corrupción le está propinando a las instituciones democráticas y a la población en general.
Estamos ante un juego donde la corrupción ha impuesto sus propias reglas y juega a su placer y antojo, dejando sin defensa ni arquero a la portería contraria, metiendo goles con la mano y todas las artimañas habidas y por haber.
El referí, en este caso la CC, se da el lujo de validar todas las jugadas del Pacto de Corruptos, llegando al colmo esta semana de permitir la expulsión de la fiscalización de la cancha democrática, prohibiendo a los diputados citar a funcionarios públicos.
Pero la verdadera goleada vendrá una vez finalice el Mundial y empiece el año 2023, cuando el Gobierno se disponga a echar mano del mayor presupuesto en la historia en pleno año electoral, para lo cual se ha asegurado anestesiar a las instituciones de control y las funciones fiscalizadoras (aló, MP, Contraloría, OJ, etc).
La afición en los graderíos es testigo de los abusos del equipo procorrupción y las decisiones complacientes del referí, pero no pasa de lanzar una chifliza y lamentar el juego sucio que se impone en la cancha del juego cada vez más parecida a un coliseo romano donde el pueblo es devorado por las bestias pro corrupción.
En la tabla de posiciones y los rankings, Guatemala ya tiene asegurada uno de los últimos lugares en percepción de corrupción, Estado de derecho y otras mediciones, ubicándonos como un país que está fuera de juego en términos democráticos y de desarrollo.
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