En Filgua (y próximamente en las librerías) ya está a la venta Los hijos de la chingada, un ensayo que escribí a partir de conceptos esbozados por el filósofo y escritor mexicano, laureado Nobel de Literatura, Octavio Paz, en su ensayo El laberinto de la soledad.
Dice Octavio Paz: “La Chingada es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El ‘hijo de la chingada’ es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española ‘hijo de puta’, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta, para el mexicano, ser fruto de una violación. Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias”.
El hijo de la chingada es, pues, el mestizo, hijo de padre español y madre india, ya sea esta engañada, violada, seducida o que voluntariamente se unía carnalmente con el español en matrimonio. En el inicio de la época colonial, el mestizo nunca tuvo una buena acogida social. El sociólogo y literato, especialista en interculturalidad, Mario Roberto Morales afirmó que, desde un comienzo, el mestizo estuvo mal visto porque no era español ni tampoco indio; por ser un fenómeno nuevo, muchos lo consideraban una anomalía biológica y cultural. El historiador Jorge Luján señaló que, en el siglo XVI, el mestizo fue un problema social. Aunque quisiera no le era fácil incorporarse al mundo español, lo cual deseaba, ni tampoco ese mestizo quería bajar en la escala social e irse con su madre india. Todo este entramado difícil generó en el mestizo un complejo de inferioridad, de resentimiento social, que en el ensayo yo trazo hasta nuestros días.
Como el que ganó la guerra fue un conquistador blanco, pronto se elucubró que el español era superior por ser blanco; y los indios inferiores, por ser de piel más oscura. Esto fue un nuevo balde de agua que le cayó encima al mestizo.
Por ser los españoles un pueblo mestizo, tanto en el aspecto biológico como cultural, no encontraron gran problema con el casamiento con las indias. No hay que olvidar que de España vinieron a América más hombres que mujeres. Por el contrario, los ingleses, belgas, franceses odiaron las uniones con las mujeres de los pueblos que conquistaban. Para justificar sus conquistas, apoyados en conceptos del positivismo, darwinismo y ciencias afines concluyeron que los blancos eran superiores. Con fines de esclavitud empezaron a clasificar a las personas conquistadas por su color de piel, de ojos y cabello y estatura. Con explicaciones pseudo científicas, expusieron la inferioridad de los pueblos conquistados, que eran no-blancos. Este pensamiento racista se propagó a lo largo y ancho del mundo.
En Guatemala, la Revolución Liberal de Justo Rufino Barrios, como política de estado, estableció el indigenismo. Así, por ser biológicamente inferiores, los indígenas no eran capaces de gobernarse por lo que debían ser tutelados. La Revolución de Octubre practicó un racismo suave, también de tutela del indígena.
El tema es aún más complejo porque toda la población guatemalteca, salvo las personas de migración reciente, son biológicamente mestizas, con ascendencia igual de los pueblos mesoamericanos que española. Esto igual ocurre en Todos Santos que en Chichicastenango, Chimaltenango o Zacapa. De ninguna manera, hay hoy lo que podría llamar etnias sin mestizaje biológico.
Pero el mestizaje no fue solo biológico, sino también cultural. Los pueblos mesoamericanos crearon simbiosis culturales con la cultura que los españoles trajeron de etnias de Asia, África y Europa. Así, por ejemplo, los barriletes son originarios de China, igual que las piñatas y el helado. Hasta la mariguana vino de China. El concepto de democracia surgió en Grecia. Los pueblos mesoamericanos cocían la masa del tamal al vapor. Con la conquista, ahora se realiza con manteca de cerdo; a la masa se le agregan aceitunas y carne ya sea de cerdo o de pollo, lo cual era desconocido en la época prehispánica. El tamal, como la comida típica, son platos mestizos.
Con la globalización, hoy nos encontramos con un mestizaje tecnológico y cultural de gran calado. En Guatemala, toda la población utiliza los antibióticos; si los necesita, portaanteojos; se vale del quetzal como unidad monetaria de intercambio; vemos ahora con entusiasmo los partidos del mundial de fútbol que se desarrolla en Catar, en un televisor fabricado en Corea del Sur, con tecnología desarrollada en Silicon Valley, transportado en una línea marítima danesa, en una operación comercial realizada por empresarios que, mientras la pactaban, degustaban una taza de café cultivado en una finca de café de Guatemala.
Sin embargo, el sentimiento de inferioridad histórico del mestizo aún subsiste. No se ha logrado superar. Hay todo tipo de resentimientos que los detallo a lo largo del ensayo. El mestizo no ha comprendido plenamente que el cambio del empaque del ser humano, lo externo, fue fruto de la alimentación y del medio ambiente, porque todos somos hijos de la Eva africana.
Dice Octavio Paz: “El mexicano no quiere ser indio ni español. Los niega. Y no se afirma en tanto que mestizo, sino como una abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza en sí mismo… el origen es el centro de nuestra ansiedad y angustia”. Ojalá este tema pueda ser debatido y estudiado en las universidades.
Mañana sábado, en un conversatorio, en el que participará el escritor Francisco Pérez de Antón, el ensayo se presentará a las siete de la noche, en Fórum Majadas, Sala Mariela López, 27 avenida 6-40, zona 11. Lo esperamos.
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