Las oligarquías centroamericanas supieron sacar provecho de las dictaduras de los siglos XIX y XX —casi siempre encabezadas por altos oficiales militares— sin importar su signo conservador o liberal. Cuando algunos se identificaron demasiado con una facción política desplazada sufrieron implacables destierros y expropiaciones arbitrarias.
Entre poderes políticos dictatoriales y oligarquías hubo una relación de recelo mutuo, aunque contadas veces llegó la sangre al río. La norma fue fundir alianzas en torno a objetivos económicos y sofocar los reclamos sociales. La tecnocracia oficial de confianza provino de las esferas económicas.
Los historiadores concluyen que las dictaduras viabilizaron proyectos oligárquicos de largo aliento en la región. En las democracias surgidas en el último tramo del siglo XX, operó una doctrina económica y financiera que abrió un mundo de oportunidades empresariales: ventajas arancelarias, privatizaciones a la carta, atractiva deuda para paliar los crónicos déficits presupuestarios y subsidios encubiertos para quienes sí saben pescar.
Adaptándose a la complejidad de los mercados políticos (“la” democracia), los grupos empresariales debieron invertir en partidos, medios, estrategias de comunicación, centros de pensamiento y proyectos de responsabilidad social. Enfrentaron con solvencia los ajustes tributarios y enarbolaron las banderas anticorrupción. Ambas líneas de tensión con los gobiernos democráticos erosionaron de manera notable a la clase política y también la capacidad del Estado democrático de redistribuir eficientemente los recursos. Al cabo, las clases medias han quedado más que diezmadas sin servicios públicos de calidad en salud, educación e infraestructura. Y la migración fue su carrera del ascenso social.
La corrupción se convirtió en un sistema de gobierno en sí mismo, una dictadura inmanente con la que mucha gente de negocios aprendió fácilmente a danzar. Los empresarios tuvieron oportunidades de sacudirse —un poco— la dictadura de la corrupción, pero no las abrazaron con convicción. Y cuando surgió un líder fuerte que abrió la puerta a inversiones con reglas del juego garantizadas, no lo pensaron dos veces. La Nicaragua de un exguerrillero de inflamada retórica antiimperialista y por ratos hasta cachureco, atrajo como miel varios de los grandes capitales. Hasta que a la hora de decantar lealtades (Ortega o el sistema financiero gobernado por EE. UU.) se destaparon las cartas del juego y varios empresarios sufren ahora están bajo asedio.
Arrancando la segunda década del siglo XXI, los empresarios están otra vez a las puertas de regímenes dictatoriales, cuyos términos básicos de relación no han variado en 200 años. La diferencia es que esta vez la democracia y sus valores también está en disputa en las potencias hegemónicas, críticamente en Estados Unidos.
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