Cuando se piensa en el daño que ocasiona la renuencia de Wálter Mazariegos a devolver la rectoría de la Usac, se evidencia que la sociedad guatemalteca está muy cerca de perder uno de los bienes esenciales para su futuro. El conocimiento es un bien que debe ser común y, en tanto busca la verdad, es una aspiración llena de sentido. Así, el declive de una universidad como la Usac —porque es inconcebible que la universidad mejore con una rectoría tan descerebrada— impacta de forma dramática la construcción del futuro que todos deseamos.
Por esta razón, es un imperativo no subordinarse a las pretensiones del usurpador: su ambición no puede justificar el daño que experimentaran la juventud actual y las generaciones venideras. El grupúsculo del Pacto de Corruptos que domina la Usac no se interesa por ese mañana escabroso en el que el derecho a la educación superior de calidad será un sueño irrealizable. Y es que Mazariegos y sus incondicionales no abandonarán el poder fácilmente; si así han entrado, nunca se resignarán a salir.
Por esto, desde mi punto de vista, es importante mantener la resistencia actual y tratar de apoyarla a toda costa. Algunos estudiantes se han quejado de que se han visto afectados en sus derechos, pero, aunque sus reclamos son válidos, deben contraponerse a los perjuicios que traer que la Usac deba aceptar a la actual administración para reanudar las clases. Asimismo, se entiende la presión sobre los catedráticos por parte de la Contraloría de Cuentas: desde hace tiempo la burocracia se usa como recurso represivo. Pero si la ley debe cumplirse, primero Mazariegos debe abandonar el puesto usurpado puesto que lo ocupa con las trampas legales más claras.
Las medidas de protesta —necesarias en este caso— suelen afectar a otras personas, como sucede con los bloqueos de las carreteras. Pero los derechos no son de naturaleza absoluta; se encuentran en procesos de ponderación. Los derechos siempre entran en tensión; una promesa que hice, por ejemplo, puede entrar en conflicto con la necesidad de salvar a alguien. En este sentido, la responsabilidad de la situación actual no debe descargarse contra los que resisten, puesto que la protesta no surge por el puro gusto de hacerla. Ese es el punto que mañosamente no tocan las espurias autoridades universitarias.
La violación del derecho a la educación superior es masiva cuando se piensa en los prospectos de una universidad capturada por la actual mafia. ¿Qué prospectos educativos se ofrecen a una sociedad que necesita ampliar sus horizontes reflexivos? Si un número crecido de autores se preocupan por la incapacidad actual de anticipar el futuro, se puede adivinar en qué medida complica la situación el que no exista una institución que permita examinar las perspectivas que ofrece un mañana que desde ya se presenta problemático. ¿Se pueden imaginar cómo lucirá la universidad después de 10 años de desmanejo de Mazariegos? Vayan a la Facultad de Humanidades y tendrán una deprimente respuesta a sus preguntas.
De esta manera, se debe dimensionar correctamente lo que se encuentra en juego en la resistencia por la Usac. No se trata de destruir la única universidad nacional; refundar la Usac supone remover las ruinas que ha dejado la venta de la universidad a intereses inconfesables. Por otro lado, se debe reconstruir la Usac con esa nueva sensibilidad que demandan las nuevas generaciones, esas que ya han probado el inhóspito mundo del mañana inmediato. Mazariegos y su grupo de sinvergüenzas deben irse simplemente porque nunca serán aceptados.
La rebeldía universitaria tendrá más posibilidades si ahora nos proponemos hacer un humilde congreso para decidir qué universidad queremos. Las nuevas generaciones tienen ilusiones que pueden devenir en proyectos educativos dignos y funcionales.
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