Las fiestas de Boris Johnson durante las cuarentenas de la pandemia del COVID-19 sacaron a luz algo que muchos sospechaban desde hace años: las divisiones en el partido conservador entre funcionarios profundamente conservadores apegados al establishment y aquellos que apostaban a medidas de libre mercado más profundas para hacerle frente a los obstáculos del Brexit. Una cosa era clara, la salida del Reino Unido de la Unión Europea era irreversible y las consecuencias del craso error de David Cameron por el referendo del Brexit estaban dejando al partido conservador huérfano de líderes.
Johnson superó un voto de falta de confianza precisamente por esto, por la falta de liderazgo en el partido, pero para ese entonces ya había perdido la confianza de la mayoría de miembros del parlamento conocidos como backbenchers que si bien no son protagonistas, su influencia se hace notar y con el tiempo llega a pesar bastante. La postura de Johnson sobre la operación militar especial de Rusia en Ucrania, así como un ambicioso plan de subsidios para paliar la inflación y los altos costos energéticos que azotan a los británicos no fueron suficientes para mantener a BoJo en el poder después de otro inimaginable error con el nombramiento de Chris Pincher en una posición clave del partido conservador en el parlamento británico. Pincher ya había sido señalado de acoso sexual en el pasado y luego de su nombramiento fue a un club usado por el partido conservador y en medio de una gran borrachera acoso a dos hombres. Algunos de sus más cercanos colaboradores como Rishi Sunak y Sajid Javid renunciaron mientras que su exasesor Dominic Cummings se convirtió en uno de sus críticos más feroces y así BoJo se vio obligado a dar un paso al costado.
Liz Truss, quien era la secretaria de Relaciones Exteriores de Johnson, fue electa primera ministra por la mayoría conservadora pensando que sería una especie de Boris Johnson 2.0, pero sin la irresponsabilidad y la extravagante cabellera del ex primer ministro. Pero Truss presentó un plan económico más ambicioso y formó un gabinete inesperado de ministros lejanos a la gestión de Johnson. El pánico se apoderó del ala más conservadora del partido oficial y rechazaron las políticas de Truss que no tuvo otra alternativa que implementar las propuestas de su gran rival en la carrera por suceder a Johnson, Rishi Sunak. Esto generó el último acto de esta tragedia puesto que se debatió, con algunos matices de racismo, si Johnson debería regresar o Sunak debería asumir como nuevo primer ministro, siendo la segunda la opción electa seis semanas después del fugaz paso de Truss.
No hay líderes para un Reino Unido post-Brexit. De momento resulta más fácil seguir investigando si Shakespeare fue el autor original de sus obras o Marlowe o tal vez el conde de Vere, de lo que no hay duda es quien lo haya hecho seguramente hubiera encontrado inspiración de sobra en la nueva tragedia británica.
@robertoantoniow
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