Si nos creemos demócratas de verdad, convengamos en que una de las características esenciales de la democracia es aspirar a ser democráticos para todo el mundo, o al menos, para una mayoría y no para una minoría. Hablar de democracia quiere decir hablar sobre todo de libertades extendidas hacia la mayoría de ciudadanos, o sea, de derechos fundamentales para acceder a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo, cuando menos.
El capitalismo tuvo el mérito en su ya largo recorrido de crear las condiciones para la conquista de libertades que antes eran impensables como –y pongo un ejemplo emblemático– el derecho del pueblo a pasear por los suntuosos parques que antes eran propiedad privada de la nobleza. Fue esta una de las muchas libertades que pasaron a ser una conquista popular. La democracia significa, entonces, la ampliación de los privilegios restrictivos para convertirlos en derechos universales y públicos.
Pero como la trayectoria capitalista bajo la forma financiero-globalista llegó ya al tope de sus capacidades para desarrollar la democracia en Occidente, y como el modelo neo-liberal que el imperialismo ha impuesto en Latinoamérica a través de la mediación servil de las elites económicas y políticas locales no ha hecho sino acrecentar las desigualdades sociales, hoy, cualquier intento de profundización de la democracia y de la soberanía de los países de la región, cualquier búsqueda de ampliación de los derechos de la gente y de liberación de las potencialidades de los recursos tanto físicos como humanos, significa un desafío tremendamente azaroso y difícil, pero absolutamente necesario.
De allí la tendencia persistente, en la mayoría de nuestros países del continente, de intentar romper, una y otra vez y de diversas maneras, con el modelo político-económico dominante pero fracasado (excepto para las elites privilegiadas), modelo cuya característica es y ha sido la de profundizar exitosamente el desarrollo del subdesarrollo. Intentos de ruptura que antes y después de la revolución cubana, han sido neutralizados y desmantelados, directa e indirectamente, por los Estados Unidos.
No de otra manera se explica la eclosión, en la última década, de movimientos y de gobiernos en países de América Latina que buscan crear nuevos o diferentes caminos políticos y económicos inspirados por lógicas y metodologías democratizantes que se sitúan a contra-pelo de las ideologías e intereses de los sectores tradicionalmente privilegiados y estadounidenses. El más reciente en emprender tal búsqueda es, de nuevo, Brasil. Pero si ha de lograrlo, deberá enfrentarse a la resistencia de una oposición poderosa, tramposa e implacable. Por eso, los demócratas le deseamos mucha suerte y sabiduría.
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