Vivimos tiempos turbios, de mucha agitación social y de extrema polarización ideológica. Y ante esto, tal vez más que nunca, se deben de hacer una serie de preguntas incómodas, pero cruciales si no queremos ver morir definitivamente nuestra libertad.
¿Cómo podemos esperar vivir en una democracia funcional si solo respeta los resultados electorales cuando gana el candidato afín a mi ideología?
Peor aún. ¿Cómo podemos esperar estabilidad política si esperamos que cuando nuestro candidato llegue al poder deba ver a sus rivales ideológicos como enemigos que deben ser enjuiciados, encarcelados y/o destruidos? Un gobernante debe velar por la totalidad de la población, y no solo por los que comparten su corriente ideológica y que hayan votado por él.
¿Cómo podemos coexistir como sociedad si empezamos a ver a los cegados fanáticos y extremistas de ambos lados del espectro político como “valientes” y a los moderados como cobardes?
¿Cómo aspiramos a ser una república funcional si el régimen actual tiene cooptado todas las instituciones, asegurándose impunidad, parcialidad y lealtad para con los suyos?
Recientemente el TSE prohibió que Roberto Arzú y Neto Bran participaran en las próximas elecciones, y quiero dejar claro que jamás votaría por alguno de estos dos esperpentos, oportunistas y políticos bastante limitados. Pero el TSE actuó con parcialidad y con fines políticos, pues virtualmente todos los candidatos han hecho campaña anticipada sin ninguna sanción. La ley debe de ser pareja a todo ciudadano, sin excepción alguna.
Pero justamente eso es lo último que quiere este régimen. Lo que ellos quieren es limpiar el camino de todo candidato que les represente una amenaza a sus intereses, por ínfimos que sean. Quieren un camino despejado para perpetuar el régimen, garantizarse impunidad y saqueo sin límites.
Una democracia robusta puede funcionar con una sociedad dividida políticamente en izquierdas y derechas (y otras subdivisiones), pero esa misma democracia empieza a morir cuando cada vez hay más “antiizquierdas” y “antiderechas”.
Las democracias empiezan a morir cuando empiezo a ver a mi contraparte ideológica como un rival y paso a verlo como un enemigo.
Las democracias empiezan a morir cuando quiero que la libertad y los derechos apliquen solo a mis compinches ideológicos, y que el resto vea cómo sobrevive.
No se confunda, estimado lector. No todos quieren vivir en democracia, ni en libertad, pues la complejidad les asusta y prefieren vivir en la seguridad y uniformidad que un autoritarismo ofrece.
Muchos no quieren libertad, quieren seguridad.
Hoy hablo y critico libremente, pero de seguir el rumbo que nuestro país lleva, mañana seré un delincuente. Guarde esta columna.
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